(I cannot turn to see those eyes as apologies may rise, I must be strong, stay an unbeliever)
lunes, 26 de agosto de 2013
Querida Celeste,
Te encontramos tumbada en la arena de
noche, a orillas del mar, solamente embravecido por tu presencia allí. Fuimos
uniendo tus lunares, como quien une los puntitos de los dibujos en aquellos
cuadernillos de cuando éramos pequeños. Te buscamos constelaciones con sentido
pero desistimos ante la incoherencia de tu ser, decidiendo crear un nuevo
universo a partir de ti. Verás, no nos dejaste otra opción, teníamos que
hacerlo. Entonces eras tú el cielo y la arena la tierra: un mundo terriblemente
sencillo, cosa que no esperaba de ti. Supongo entonces que los grandes
misterios tienen fácil solución. La antítesis de tu ser se resumía en la
intrincada unión de tus lunares y la casual unión de tu cuerpo con el entorno.
Cosmos y caos, un equilibrio imposible que sólo en ti podía ser cierto. Fuiste
el gran enigma de mi vida y la única respuesta que encontré fue irme, no sin
antes perderme en ti, claro. Te escribo para explicarte, para explicarte lo
mejor que pueda, por qué me mudé de tu luna en busca de otra galaxia en la que
vivir.
Celeste, fuiste durante siglos mi mapa y
mi perdición. Mi laberinto. Una carretera recta, estival, sin fin. Detesto
decirte esto, pero cada día era como si todo volviera a empezar. Sentía dentro
casi la misma incertidumbre de la primera vez que nos vimos: me levantaba todos
los días sin saber y acababa cada noche en éxtasis. La misma emoción, ese
pequeño saltito de alegría en mi corazón. Verás, Celeste, la clave de tu
misterio era que tú creías firmemente en la sencillez de tu existencia. Es ahí
donde tu magia reside y residirá, porque aunque yo ya no te vea y te sienta
sigues siendo real. Hasta que no me fui no lo vi claro: pensaba que sólo si te
erguías frente a mí estabas viva. Ahora veo el egocentrismo y egoísmo de esa
idea, pero no podía concebir que semejante personaje fuera de carne y hueso.
Inocente de mí que creí haber podido imaginar una perfección tan desconcertante.
Te recuerdo especialmente en tu caminar.
Tu columna vertebral bailaba bajo tu piel, tus músculos se estiraban y
contraían como palmeras meciéndose mientras ésta se contorneaba. Se bamboleaban
así también tus lunares: las constelaciones, vivas, fluían en el cielo que era
tu espalda. Te recuerdo pues así, paseando, deambulante pero segura. Y sobre
todo te recuerdo de noche… Quizás incluso bajo el sol de media tarde,
anaranjado, corriendo a esconderse tras la luna. Me gustaba verte a oscuras
porque noctámbula se veía mejor tu brillo. Todavía no logro descifrar si era yo
quien te hacía compleja, complicándote y complicándome, complicando lo nuestro.
Ardías como el fuego y me incendiaste de tal modo que parecía un coche en
llamas sin frenos precipitándose por un acantilado.
A pesar de tu luz y mi adoración transpiraron entre nosotros horas oscuras. Las noches eran entonces más sombrías, atenuándose entonces el brillo que se desprendía de ti… O que por lo menos yo veía desprenderse de ti. Es fascinante lo que hace un poco de distancia, un poco de tiempo: logran estas cosas tan mundanas hace unas horas que dude acerca de ti. Igualmente, ninguna hora fue lo suficientemente oscura como para convertirse en el motivo de mi despedida. Más bien: eran razones para quedarme.
Celeste, me he ido, pero no creo que esté
huyendo para siempre. No puedo desliarme del todo de la vorágine de tu ser. Supongo
que sólo sabremos el desenlace en un futuro distante. Me consuela y aflige a
partes iguales que no me estarás esperando, pero yo a ti tampoco. He ahí la
clave de por qué nos encontraremos. Como siempre, fluiremos, y lo haremos
entonces con algo más de perspectiva. Habrán cambiado los lentes a través de
los cuales juzguemos la vida, habrá cambiado todo pero no lo esencial: que
somos tú y yo, y eso significa más que las constelaciones en el cielo nocturno
o que el sol saldrá cada mañana por el oriente para perecer en el occidente.
Seguirán siendo ciertas tus
constelaciones y el Universo que eres tú, que nació ese día en la playa
mientras yacías a orillas del mar. La esencia permanecerá y nos hilará de
nuevo. Aún así, sólo funcionará si me marcho ahora. Por eso me voy corriendo,
sin mirar atrás. Es algo que siempre admiré de ti. Al despedirte, te marchabas,
sin miramientos. Jamás miraste atrás y ahora yo tampoco lo hago por ti, por mí,
por nosotros.
Espero –sin esperar –que vuelvas pronto a embravecer mi mar. O lo haga yo, para unir tus lunares.
Espero –sin esperar –que vuelvas pronto a embravecer mi mar. O lo haga yo, para unir tus lunares.
martes, 20 de agosto de 2013
This is where the magic happens.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)






