A veces cuando estoy algo más triste/reflexiva me acuerdo de detalles tontos. Recuerdo que tenías una cicatriz en el tobillo (no recuerdo cuál) y que un día te dibujé un ojo encima mientras estábamos todos sentados en el pasillo. Supongo que acabaríamos de comer y yo me iría a casa o a la biblioteca y vosotros a alguna clase. Fue en la planta de arriba. Recuerdo también que estábamos regular. Lo que ahora me pregunto es, ¿de qué era esa cicatriz? ¿Por qué no te pregunté? ¿O es que sí lo sabía y no me acuerdo? Lo dudo. Te memoricé hasta la saciedad. La acaricié con ternura, como tantas otras (y más tristes). Todavía te adivino, o lo intento más bien, buscando pistas que suelen hacerme serpentear por el bosque descalza. Otro día me acordé de cuando me dejaste jugar con tu colección de canicas o la tarde que probamos a armar la tienda de acampar en tu jardín. Y me resultas tan cotidiano como mirarme las manos, como preguntar la hora, leerme un libro, pero en realidad eres el holograma de todo aquello que nunca termina de irse y tengo metido debajo de la piel: el frío que se me entrelaza a los huesos hasta cuando hay ola de calor. Estoy escuchando una canción de Radiohead y me acuerdo de la última vez que nos vimos, de otras cicatrices: la tuya en la pierna, la mía en el alma. Se hizo de noche para cuando entramos en materia y te hice preguntas cuyas respuestas a veces me azotan cuando estoy desprevenida, se reproducen en mi cabeza como un eco inconexo y difuso. Me subí al autobús; ya tenía que irme y tú probablemente quisieras que me fuera. Te llamé. No te despediste. Logré escabullirme por los pasillos de la facultad y del Carrefour la primera vez que volviste para poder evitarte y desde entonces huyo hasta que vuelvas a arrinconarme para regalarme nuevos detalles que me torturen más adelante. Yo tampoco quiero despedirme más.
Did you love me like the way you wrote? Well, I'm afraid so, I'm afraid so
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