Tengo una capacidad brutal para convertir simples cosas que quiero en necesidades. Dependiendo del día lo atribuyo a mi carácter apasionado o a mis insanas obsesiones. Supongo que cada uno tiene un poco de verdad, pero en su total absoluto ambas pierden su sentido. Ninguna es objetiva. Puedo pasar de deseo a necesidad en cuestión de minutos. De horas. De días. Se me atraviesa una idea en el pecho y ¡bam! Se enciende el fuego, me calcinan las llamas mientras se me estiran los labios y se me salen los ojos de las órbitas. Respiro tan fuerte que me duelen los pulmones y las costillas y el diafragma. La exaltación me consume entera. El anhelo. La apetencia. El afán. Las expectativas. Todo, t-o-d-o, TODO. Hay algo de soledad en ese apetito insaciable del deseo. En el mío al menos. Los picos de la obsesión enfermiza me esconden del resto. And all I loved, I loved alone. No exactamente, pero por ahí van los tiros, señor Poe. Uno de los problemas reside en que yo no escucho a la sombra del Cuervo que me dice que nunca más y ya está. Me caigo y me levanto. Casi. Es otro de los matices, claro que lo es, nada puede ser el todo porque el todo es una suma de las partes. No sé tener hambre. Los placeres no los disfruto despacio. Algunos. Quizás. Quién sabe. Alguno. Soy una persona de extremos, de terribles extremos, cuya mayor aspiración es el equilibrio. Mi gato se asusta con cualquier ruido: las pisadas, las puertas, el vecino. Estas cosas son complicadas. Los elementos externos son un factor a tener en cuenta. Si nos salimos de nuestro propio control, ¿cómo vamos a abarcar lo demás? Creo que la clave está en dejar ir un poco esa avidez maniática de poder. Hace frío y tengo las manos congeladas y las fuerzas por los suelos. ¿Cómo logro asir nada? La cara oculta de mí. No sé. Estoy en camino de equilibrar mi balanza.
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| The Longest Week |

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