Mi isla, mi playa, fue invadida desde el primer instante por una fuerza mayor que mi consciencia. Siempre veo su alargada figura caminar desde el extremo oeste de la extensión de arena amarillenta y fría. Viene con un paso tranquilo, con las manos en los bolsillos y una media sonrisa parte de su cara de circunstancia. Siempre de negro, la chupa de cuero, el aire frío. Hay un cofre en mitad de la costa. Es dorado y grande. Está hecho de madera y oro y rubíes y zafiros. El baúl donde van las cosas malas. Me ayuda a meterlas allí, una vez procesadas. Nos sentamos a orillas del mar y miramos al horizonte. El agua del mar está tranquila y es azul oscuro tirando a veces a negro, creando un contraste juguetón con la espuma. Parece tan frío como el aire que corre por la explanada de arena. Hay calma. Hay paz. Miramos al horizonte con esa brisa marina despeinándonos y a veces me deja su chaqueta. Respirar aquí es maravilloso. La tranquilidad a veces gélida, la serenidad de nuestra soledad y aislamiento. Se repiten las acciones una detrás de otra en bucle. Un retazo de una película puesto en repetición. Todo está bien aquí.
(the world is quiet here)
Sin embargo, las circunstancias cambian y los santuarios en forma de refugio a veces se vienen abajo. Son un recuerdo más de algo que ha terminado. Mi isla, mi playa, realmente la hice nuestra. Estaba fuera de mi control, un momento en que doy el poder a mi subconsciente y la razón no puede intervenir de ningún modo. He ahí la cuestión. Tuve que ponerme manos a la obra. Construí una pequeña barca con mucho esfuerzo. Aquí todo reside en la imaginación y esta despedida era difícil de digerir. Te voy a dejar ir, susurré, a merced del viento. Lo sentí sumergida en el agua. La de verdad. El mar que me engullía por mi incapacidad de relajación al intentar dejarme llevar por el leve oleaje. Oía el ruido de las aguas: las olas, las lanchas, los chapoteos, los gritos y las risas amortiguados. Mi respiración se tornó más tranquila y conseguía flotar con más facilidad. Construí mi pequeña barca y tumbé su cuerpo dentro. Los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada impasible. Cooperando. La imagen se teleportaba de la orilla a la barca y viceversa. La imaginación da para lo que da. Extendida su forma a lo largo del bote con un pañuelo blanco y sollozos despedía la embarcación de la orilla. Empujaba hacia el mar y veía cómo se perdía en el horizonte. Se perdía todo. Dejar ir. Sí. Dejar ir. Volvía. Se iba. Volvía. El poder de la mente tiene sus limitaciones cuando esta está abatida. El desaliento empujaba a ratos más fuerte que el viento. Pero también el desencanto devolvía nuestras figuras a la primera escena y el trabajo volvía a empezar.

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