El rey del aire, el rey de la
nada. Era triste. Era tan triste. Los precios en rojo sobre esas pegatinas
amarillas para llamar la atención. Tú, 7€; el de allí, 3€. Y ellos eran de
tantos colores: negros, naranjas, azules. Nadaban, pequeños, en su mar
diminuto. La inmensidad del océano reducida a una cárcel de cristal y réplicas
de plástico de la naturaleza. Era tan triste. ¿Lo sabrían? Los pájaros no
paraban de piar. ¿Estarían llorando? ¿Qué dirían? Dentro de esas jaulas, esas
terribles jaulas ahí arriba, en las estanterías de comida y juguetes. Fue entre
los chillidos que lo vi. Sobrevoló rápido la mitad del almacén. ¿Se habría dado
cuenta alguien? Lo señalé con el dedo y el brazo estirado hacia arriba para
seguir su recorrido. Se posó en unas barras que sobresalían del techo. Era
color azul eléctrico y gris con un poco de blanco, un poco de negro. Nos
observaba desde lo alto. Estaba tan quieto. Y yo estaba totalmente hipnotizada.
No podía dejar de mirarlo, aunque lo único que distinguía claramente de él era
su plumaje azul, emborronado por la distancia, difícil de ver por el verde de
las barras y el gris de las paredes. Estuve ahí parada, completamente
embelesada, hasta que nos llegó el turno y ya teníamos que irnos. Quise despedirme
y pensé: «si quiero despedirme de ti necesitas un nombre… Ozymandias. Adiós,
Ozymandias». ¿Será como El Cuervo y
seguirá ahí sentado, ahí sentado en aquellas barras? ¿Lo habrá cogido alguien o
se habrá escapado? Pobre Ozymandias, azul Ozymandias.