domingo, 5 de octubre de 2014

Su plumaje era gris y azul

El rey del aire, el rey de la nada. Era triste. Era tan triste. Los precios en rojo sobre esas pegatinas amarillas para llamar la atención. Tú, 7€; el de allí, 3€. Y ellos eran de tantos colores: negros, naranjas, azules. Nadaban, pequeños, en su mar diminuto. La inmensidad del océano reducida a una cárcel de cristal y réplicas de plástico de la naturaleza. Era tan triste. ¿Lo sabrían? Los pájaros no paraban de piar. ¿Estarían llorando? ¿Qué dirían? Dentro de esas jaulas, esas terribles jaulas ahí arriba, en las estanterías de comida y juguetes. Fue entre los chillidos que lo vi. Sobrevoló rápido la mitad del almacén. ¿Se habría dado cuenta alguien? Lo señalé con el dedo y el brazo estirado hacia arriba para seguir su recorrido. Se posó en unas barras que sobresalían del techo. Era color azul eléctrico y gris con un poco de blanco, un poco de negro. Nos observaba desde lo alto. Estaba tan quieto. Y yo estaba totalmente hipnotizada. No podía dejar de mirarlo, aunque lo único que distinguía claramente de él era su plumaje azul, emborronado por la distancia, difícil de ver por el verde de las barras y el gris de las paredes. Estuve ahí parada, completamente embelesada, hasta que nos llegó el turno y ya teníamos que irnos. Quise despedirme y pensé: «si quiero despedirme de ti necesitas un nombre… Ozymandias. Adiós, Ozymandias». ¿Será como El Cuervo y seguirá ahí sentado, ahí sentado en aquellas barras? ¿Lo habrá cogido alguien o se habrá escapado? Pobre Ozymandias, azul Ozymandias.