Desde lejos el cervatillo herido miraba las luces con los ojos tan abiertos que parecía que quería absorberlas, bebérselas y recogerlas para luego llorarlas. Jadeos por la persecución interna, deambulando perdida sin moverse. Tiembla sin saber qué hacer porque no hay dónde esconderse. La respiración intranquila y la noche y las luces y los cristales llueven sobre su pecho y sus párpados y sus manos. Todo esto es terrible, espantosamente agobiante. Pareciera que sus ojos en vez de secarse a causa de estar tan abiertos no hicieran más que empaparse más y más de vida. Movimientos de cabeza rápidos pero estáticos al mismo tiempo. Su corazón debe de estar latiendo muy deprisa, se le seca la boca pero creo que no siente nada, solamente la urgencia, una urgencia irrefrenable que veo que acribilla su cuerpo y le agita la respiración más, más, más y cada vez más.
Se van a quebrar uno a uno sus huesos. Colecciona cristales en las manos sin saber por qué, pero los cristales, los cristales son necesarios. La urgencia, más, más, cada vez más urgente. Si se clava uno en el dedo no consigue nada y yo estoy ahí parada, inmóvil, mirándolo todo en tercera persona. La observación es impasible. No puedo parar de observar y hacer anotaciones y no puedo dejar de pensar en qué le está ocurriendo y por qué sigue ocurriendo y por qué no deja de ocurrir. Mis pensamientos van a mil por hora, igual que su respiración incansable. Mi mente jadea a la vez que su pecho se sofoca: veo su deseo reflejado en los cristales, desearía clavárselos por todo el cuerpo y yo también estoy impaciente por que lo haga de una vez, quiero ver la reacción, quiero sentir el horror placenteramente sublime de esa imagen distorsionada.
No sé por qué ocurrió. La llevaban por la calle mientras sus ojos se abrían ante las luces, no podían parar de abrirse de par en par ante las luces. Creo que no sabía dónde estaba. Yo la seguía de cerca, casi a su lado, respirándole en la nuca a ratos. Ve los coches y se asusta y siente el frío y se estremece pero no hace nada más que espantarse ante todo el movimiento de la concurrida calle. Esa respiración no se calma y me agobia y se agobia y POR QUÉ NO PUEDE PARAR. Me está invadiendo el cuerpo, me invade su desquiciado arranque disociado de la noche y los cuerpos y el aire y el TODO. Corte. Todavía no sale por completo del shock. Yo tampoco.



