jueves, 26 de marzo de 2015

Y la cáscara hizo crack

El esmero con el cual pinta la cáscara de esa cápsula vacía me fascina y asusta a la vez. Me tiene impresionada, tanto que no lo noto siquiera. El estupor se desenvuelve en mi sangre y fluye dentro aletargando cada uno de mis movimientos hasta que simplemente estoy inmóvil, a punto de caer al suelo, mirando sus dedos mover el pincel y rozar la superficie de esa cáscara lisa y blanquecina. Es tan delicada... Dibuja pequeñas flores rojas de ramas oscuras y entrelazadas entre sí de manera enfermiza. La parálisis duró un siglo, la parálisis duró un segundo. 

Tiene los dedos blancos, pálidos, largos, casi del mismo color lechoso de esa irremediable cáscara que acaricia incansablemente. La cáscara era el mundo que pintaba y lo pintaba con esos dedos largos, pálidos, blancos y terribles. Le dio un toquecito con la uña de su dedo índice izquierdo y la cáscara hizo crack. Se partió en dos, era redonda. La abrió y me encapsuló dentro. Atrapada entre las florecitas rojas y las ramas secas no podía ver más que la blancura de la cáscara, de mi prisión gestionada por esos temibles dedos. No había más mundo, no había nada más que la vida en la cáscara hasta que la cáscara hizo crack. 

The Longest Week