Qué puedo decir. No puedo decir nada. Jamás podré, supongo. He ahí la magia. Ninguna palabra alcanza a rozar lo que pasa en mi interior. Solamente quería dejar alguna prueba de que ocurrió. Que pasaron unos 365 días y sigo viva, que lo recuerdo y que hoy puedo respirar. Me convertí en mi propia cárcel y yo misma estoy doblando los barrotes, buscando la llave. Estoy bien. Tú también. Estamos bien. Hemos sobrevivido a la matanza. Rompimos algo tremendo, puedes tener algo bueno entre manos y destrozarlo. Si hubiese una tumba a la que llevarle flores, mañana iría vestida de negro al cementerio a dejar un ramo. Acariciaría la lápida. Me lamería una vez más las heridas. Quizás sigan abiertas, todavía duelen, pero estoy bien. El tiempo, es lo que tiene. Ocurrió y sentí que me moría, pero no fue así. O tal vez fue precisamente eso: que me morí y volví a nacer. El daño sigue, no deja nunca de llover del todo. Aún no. Quizás jamás escampe. Quién sabe. Mis sentimientos están en todas partes. Siguen durmiendo aquí, a veces tristes y a veces contentos, pero no se mueren.
De todas las canciones, que ahora borraste (claro que lo vi, ¿cómo no verlo? Lo vi antes de dejar de mirar), elijo algo nuevo que sea de tu desagrado. Que hable de mí. Porque esa es la cosa, la cuestión de todo esto: que te perdí a ti y me gané a mí. Terrible sacrificio. Si hubiese aprendido a hacerlo antes y hacerlo bien no estaríamos aquí. O, más bien, estarías aquí. La vida. El resto de palabras y de canciones y de miradas perdidas y de pasiones escondidas me las guardo dentro.
Estamos bien, y cada vez estamos mejor, y quizás algún día podamos compartir la nostalgia de aquello que fue sin rehuirnos la mirada. Una de esas amistades que entrañan mucho más. ¡Qué deseo tan kamikaze!
Y fin.
Cualquier otra cosa que pudiera decir florecería como un árbol cuyas raíces se me clavarían dentro y me acabaría atragantando. No puedo hablar si no es en presencia de mi abogado.
¡Qué dolor! ¡Qué tristeza! Creo que jamás dejará de ser triste este desenlace desafortunado.
Siempre fue la historia de seguir la zanahoria con tu aliento aquí detrás