Recogí las gafas del suelo y las puse encima de la mesa antes de irme. Intenté una vez más sacudirme esta postura tan incómoda de encima, la misma que mientras anochecía me petrificó en aquella mesa de piedra. Exactamente la misma que me enterró de madrugada bajo todas mis lágrimas y lamentos. Pequeños gestos que buscan resaltar que sigo existiendo en unas realidades y otras, tan dañina e inocente como siempre: cándida y maligna. Tropiezo una y otra vez, llevo tropezándome años. Ya tengo experiencia. Dejé de sentir, dejé de escribir, dejé de leer. Dejé de ser. No dejé de esperar. Y aquí estoy otra vez, con surcos de sal en las mejillas todavía frescos, con las manos llenas de esperanzas y los ojos más abiertos que nunca. Buscando. Esperando. Moviéndome en esta postura tan incómoda que nunca me sacudo. Eché un último vistazo por la habitación y dejé la puerta entreabierta. Nunca volví. La pared blanca ya está lejos. Aún necesito ayuda para poder dormir, aunque ahora me muero de calor.