"Las últimas palabras de Thomas Edison fueron: 'es muy bonito todo allí'. No sé dónde está 'allí', pero creo que está en algún lugar y espero que sea bonito."
Leí el domingo pasado un libro que trajo consigo más dudas y dolor, más de este incansable existencialismo. Me acuerdo ahora de una de esas preguntas que se me clavó como lo hacía la tinta de las palabras en sus hojas. Preguntó Alaska, una de las protagonistas: ¿cómo salimos de este laberinto de sufrimiento? Escribió al lado del suspiro de Bolívar de “¡cómo voy a salir de este laberinto!”, en su copia de El general en su laberinto de García Márquez: Todo recto y deprisa. Todo recto y deprisa, fuera del laberinto. Entonces, ¿cómo salimos de este laberinto? Miles -Pudge-, otro de los protagonistas, decidió que para sobrevivir en el laberinto hay que aprender a perdonar. "Si tan sólo pudiéramos ver el interminable hilo de consecuencias que resultan de nuestras más pequeñas acciones... Pero sólo sabemos ser sensatos cuando es demasiado tarde para serlo."
Supongo entonces que no es el laberinto de sufrimiento común, colectivo, generalizado. Más bien, uno propio, con fantasmas y terrores personalizados. Un laberinto individual, en primera persona, en que tanto los monstruos como las vías de escape dependen de cada uno. Por eso no hay una respuesta a esa pregunta, porque no hay un solo laberinto. Somos nuestro propio dolor, somos nuestro sufrimiento, somos nuestros monstruos: si queremos ver el misterio que nos ata, simplemente debemos mirarnos al espejo. ¿Y si llega el día en que no nos reconocemos? ¿Hay vuelta atrás? Si no la hay, supongo que la única respuesta y la única solución es tirar el libro entero a la hoguera y empezar otro. Pero hay que procurar cuidar el libro, no somos eternos, aunque nos empeñemos en querer sentirlo.
No sé cómo salir del laberinto, es cierto, pero sí sé algo muy importante: sobreviviré. Aprenderé, viviré. Podré gritar: "¡salí, salí viva y estoy aquí para quedarme!". Esos pequeños himnos, pequeñas notas de ánimo que te ayudan a intentar buscar la salida del laberinto en vez de perderte más adentro, enredarte en los matorrales y clavarte las ramas amenazadoras en cada esquina. Tantos raspones y cicatrices no pueden ser sanos.
El ayer, el pasado, no debería ser una carga sino una bendición. Pero no siempre puede ser así. Aunque sea difícil de recordar, no siempre se puede vivir en pretérito. Quizás como en la canción, corra tan deprisa que salga, pero me destroce las rodillas. Aún así, ahora mismo, lo importante es salir. ¿De qué? Bueno, ¿no es esa la gran pregunta? En mi epitafio no debe rezar que morí sin haber comprendido por qué viví.
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