16
Colin iba corriendo por la calle.
-Va a ser una boda muy bonita... Es mañana, mañana por la mañana. Estarán todos mis amigos...
La calle conducía a Chloé.
-Chloé, tus labios son dulces. Tienes la tez de fruta. Tus ojos ven como es debido. y tu cuerpo hace correr calor por el mío...
Por la calle corrían canicas de cristal y, detrás de ellas, niños.
-Harán falta meses y meses para que me sacie de darte besos. Harán falta meses y meses para agotar los besos que quiero darte, en las manos, en el pelo, en los ojos, en el cuello...
Tres chiquillas cantaban una canción de corro redonda y la bailaban en triángulo.
-Chloé, querría sentir tus senos sobre mi pecho, mis dos manos cruzadas sobre ti, y tus brazos alrededor de mi cuello, tu cabeza perfumada en el hueco de mi hombro, y tu piel palpitante, y el olor que se desprende de ti...
El cielo estaba claro y azul, el frío era todavía intenso, pero se le sentía ceder. Los árboles, negros del todo, ostentaban, en el extremo de sus ramas marchitas, retoños verdes y henchidos.
-Cuando estás lejos de mí, te veo con ese vestido de botones de plata, pero, ¿cuándo lo llevabas puesto? No, no fue la primera vez. Fue el día de la primera cita, bajo tu abrigo pesado y dulce lo llevabas ceñido al cuerpo.
Empujó la puerta de la tienda y entró.
-Querría montones de flores para Chloé -dijo.
-¿Cuándo hay que entregarlas? -preguntó la florista.
Era joven y frágil, y tenía las manos rojas. Ella adoraba las flores.
-Llévenlas mañana por la mañana y después llévenlas a mi casa. Que nuestra alcoba quede repleta de lirios, de gladiolos blancos, de rosas y de montones de otras flores blancas y, sobre todo, pongan también un gran ramo de rosas rojas...