Nunca creí que pudiese imaginar de manera tan nítida ni el dolor de una bala ni el de la pérdida. Ambos se combinaban, se entrelazaban como un dardo impregnado de un veneno mortal. Y tan mortal, es lo que tiene un disparo en el vientre.
-Hay muchas cosas que siempre he querido decirte. La primera es que llevo pensando desde que era pequeña en tu muerte. La segunda...
-¡¡Llama a una ambulancia!!
-Pero...
-¡LLAMA A UNA AMBULANCIA!
-¿Seguro?
-¡LLAMA! ¡YA!
Dijeron que tardarían diecisiete minutos. ¿Diecisiete minutos? ¿DIECISIETE MINUTOS? Les grité que en diecisiete minutos me daba tiempo perfectamente a morirme, que en qué estaban pensando, que era demasiado, una desfachatez, ¡una vergüenza! Empecé a llorar más y más y más y más, ahogándome en mi llanto sin poder articular palabra. Ni siquiera me dio tiempo a terminar mi confesión. O a seguir insultando a los inútiles de la ambulancia. O a despedirme de nadie. No me dio tiempo ni a morirme entre tantos lloros y sollozos y muecas. Entonces se hizo más vivo el dolor de la pérdida, más que el de la bala, despertándome, como si fuera una enorme garra que me estrujaba e intentaba arrancar la vida y el corazón.
También yo me quedé sin saber cuál era la segunda cosa, y la tercera, la cuarta, la quinta...