viernes, 6 de septiembre de 2013

Nunca creí que pudiese imaginar de manera tan nítida ni el dolor de una bala ni el de la pérdida. Ambos se combinaban, se entrelazaban como un dardo impregnado de un veneno mortal. Y tan mortal, es lo que tiene un disparo en el vientre.
-Hay muchas cosas que siempre he querido decirte. La primera es que llevo pensando desde que era pequeña en tu muerte. La segunda...
-¡¡Llama a una ambulancia!!
-Pero...
-¡LLAMA A UNA AMBULANCIA!
-¿Seguro?
-¡LLAMA! ¡YA!
Dijeron que tardarían diecisiete minutos. ¿Diecisiete minutos? ¿DIECISIETE MINUTOS? Les grité que en diecisiete minutos me daba tiempo perfectamente a morirme, que en qué estaban pensando, que era demasiado, una desfachatez, ¡una vergüenza! Empecé a llorar más y más y más y más, ahogándome en mi llanto sin poder articular palabra. Ni siquiera me dio tiempo a terminar mi confesión. O a seguir insultando a los inútiles de la ambulancia. O a despedirme de nadie. No me dio tiempo ni a morirme entre tantos lloros y sollozos y muecas. Entonces se hizo más vivo el dolor de la pérdida, más que el de la bala, despertándome, como si fuera una enorme garra que me estrujaba e intentaba arrancar la vida y el corazón. 
También yo me quedé sin saber cuál era la segunda cosa, y la tercera, la cuarta, la quinta... 

martes, 3 de septiembre de 2013

Diálogos unilaterales para dos.

No sabía muy bien cómo sacar el tema, así que se imaginó primero la situación en su cabeza. Respiró hondo, manteniendo la compostura y pensó en los dos hablando, el uno frente al otro, ella mirando a veces al horizonte, a veces a él.
Entonces, se imaginó comenzando a decir:
-Recuerdo...
Pausa dramática para tragar saliva y recomponerse de nuevo. Quizás dudar, balbucear un poco. Mirar hacia el horizonte, hacia sus ojos y hacia el suelo.
-Recuerdo cuando te pregunté si estabas enamorado de mí en los baños de aquel garito. ¿Te acuerdas tú? Iba bastante borracha y te lo pregunté porque no aguantaba más.
Ahora él asentiría e interrumpiría con algún comentario.
-Me dijiste que sí, pero yo sabía perfectamente que no era cierto.
Diría ahora que sí, que no era cierto y que él también lo sabía.
-Pero vivimos en esa fantasía de que sí, que tú también me querías. Me explicaste muchos meses después, una vez fue cierto, que había sido por mi bien, por no desestabilizar más aún mi equilibrio emocional. En realidad, en un rincón muy pequeño en que era perfectamente consciente de que me estabas mintiendo sentí un puñal atravesarse. Más que un puñal, una estaca mal afilada con astillas por doquier.
Porque, claro, si estaba mal afilada era más difícil de clavar del todo y dolía más.
-Los dos queríamos que fuera cierto, pero sólo hizo que empeoraran las cosas. Eso sí, no te niego que fui feliz, muy feliz, estaba eufórica.
Llegados a este punto sabía que la conversación 1- no ocurriría jamás, 2- si ocurriera por algún motivo jamás ocurriría así, 3- prefería no desenterrar temas acabados.
Pero para eso están la imaginación y sus diálogos internos.