lunes, 25 de noviembre de 2013

Leve crónica del hielo caníbal (nenúfar helado en el pulmón izquierdo).

El frío me recuerda helador todo el tormentoso suceso de autodestrucción y auto-re-composición. Y es que el frío se me agarró a las costillas, me arañó los pulmones y se me atragantó en mitad de alguna frase dolorosa y terrible. En medio de la penumbra comencé a escupirlo todo en pretérito perfecto. Durante un tiempo me quedé encerrada en una pequeña habitación de negación y hostilidad en que se mascaba la tragedia: yo misma enredaba y empeoraba la trama. Ponía una y otra vez obstáculos, endurecía las paredes, sellaba la puerta, apilaba ladrillos a mi alrededor, lo pintaba todo de negro. Qué complicado fue quitar tanta parafernalia en mitad de las tinieblas. 

El aire gélido no dejaba de soplar nunca, se me colaba entre los dedos, me congelaba por dentro, me destrozaba la garganta y me quebraba los huesos. Lentamente, día a día, quitaba un ladrillo, dos, tres... Rompí una pared, construí una ventana. El invierno seguía, pero yo aguantaba cada vez mejor e impasible su frialdad. Salía al sol, pisaba alguna rama seca, lloraba de vez en cuando. El frío seguía agarrado a mis costillas como si tuviera duras tenazas de hierro, pero convivíamos bien. Nos volvimos los dos de la misma especie, resultando en un incongruente consumo canibal cuando se alimentaba de mí. Yo bebía algún té caliente para calmarlo, él me anestesiaba en las noches largas. Me hablaba de sus idas y venidas, ilustraba los recuerdos. Algunos días me despertaba con él clavado como un dardo, otros estaba tranquilo y era un simple bulto blando y algo molesto. Jamás pasó desapercibido.  

El frío persistió aunque la primavera llegó y derritió todos los témpanos de hielo alrededor. Sobrevivió al renacer de las flores, a un sol más cálido, al lento cesar de los vientos. Pero yo ya comprendía al frío, dialogábamos cordialmente, ambos estábamos convencidos de que su estadía se acabaría tarde o temprano. Se convirtió en una temporal parte de mí indispensable y reveladora. Como una epifanía que se desenvolvía igual que los capullos convertidos en pétalos de las flores, igual que el delicuescente olor primaveral. Trazaba líneas en el espacio que bailaban, aunque a veces se seguía metamorfoseando en humo que me asfixiaba los pulmones: una letal espiral gris y espesa que se enredaba como una cuerda mortal y certera en el cuello de algún pobre desgraciado condenado a morir en la horca. Ya digo que aún, cualquier día, sin previo aviso, el frío se me pegaba a los huesos e intentaba quebrarme de nuevo. Me paralizaba, me dejaba total y completamente inmovilizada, doblando mis piernas, y tenía que negociar con él, hacerlo entrar en razón, recordarle que tenía los días contados. Era una batalla difícil. 

El calor estival tampoco logró acabar del todo con él, pero bajo el sol cegador del verano sí menguó su tamaño y también su poder. Había cada vez más luz. Se avecinaban cambios, fluctuación que me dejaba aturdida (y a él también, claro). Se me fue desprendiendo poco a poco de las costillas, apenas se agarraba ya. El malestar cesaba mientras las temperaturas subían: se me oscurecía la piel y se me aclaraba la mente. Parecía que se acercaba el fin de mi sentencia, que el frío se marchitaba. Todo mejoraba progresivamente. Me iba a acordando de los demás tiempos verbales, aunque persistía la angustia al hablar del pasado. La pesadumbre me seguía abatiendo como el primer día, pero tardaba apenas unos segundos en recuperarme, («nadie puede dudar de que las cosas recaen...») gran avance a considerar. 

Crecían pues bonitas plantas, lo cual requería también que a veces lloviera, pero siempre volvía a salir el sol. Se entremezclaban despedidas imaginarias y agridulces con nuevos comienzos constantes. Cada día era volver a empezar, pero recomenzar en un prado iluminado y lleno de pequeñas alegrías que habitaban ese resquicio entre costilla y pulmón. La felicidad se me comenzó a incrustar casi tan fulminante como un día lo hizo el frío, comprobando lo fácil y difícil que es a la vez olvidar el mal trago. Costaba creer de nuevo en la arrolladora fuerza de la incandescente claridad, lo cual intensificaba tanto la magia como la negatividad. Eso sí, era imposible negar lo rápido que vino el frío y lo lento que se asomaban los diminutos haces de cálida luz. 

Poco a poco las hojas comenzaron a caerse y el frío otoñal ha ido desnudando elegantemente los árboles, cada vez más levemente revestidos: primero de rojo intenso y luego de suave amarillo. El frío no se va y ya casi vuelve el invierno. La desazón aún se me incrusta tersa y dócil, en pequeñas y ocasionales dosis. Cuánto tarda pues en llegar la cicatriz de esa amargura, aún a veces luchando por abrirse de nuevo a pesar de la imposibilidad de su circunstancia. Como una minúscula flor luchando en mitad de la nieve: impensable. Qué calvario esas incansables ganas de asirse a la comodidad del malestar. 

Y es que si vuelve el invierno, vuelven más vivos los recuerdos. La fragancia del daño, la tortura del miedo. La impensable salida de aquel espantoso laberinto, la espeluznante imposibilidad del ser y el ser de nuevo. El atractivo demoledor de la lúgubre sombra proyectada en la pared, en el suelo, en cualquier calle poco iluminada y llena de niebla. La eterna ambigüedad, la ceguera ante las impactantes revelaciones. 

El frío, seductor, sabe cómo danzar e invitarte mortífero a la perdición. 


domingo, 24 de noviembre de 2013

Los cambios ocurren deprisa pero los procesamos despacio. 
La cambiante naturaleza de las cosas... 
No entiendo estos períodos de nulidad. Me cuesta a veces incluso articular mis propios pensamientos para mí misma. Dentro de mi mente, se quedan suspendidos trazando espirales grises, rojas, azules, verdes, entramándose y deslizándose en el espacio sin cobrar forma alguna. 

Hoy abrí el libro por el mismo capítulo de siempre, donde había guardado aquella entrada de cine, y me encontré también con una tirita. Me pregunto si fue un pequeño guiño macabro hacia mí misma ponerla ahí, o un simple descuido. Ambas son plausibles, no me extrañaría ninguna de las dos. Aquel comportamiento destructivo, inasible, irascible, incandescente y totalmente irracional. Qué cómoda la oscuridad y qué insoportable la luz deslumbrante. La metamorfosis, el paso de lo turbio a  lo sanamente introspectivo.


¿Cómo se cicatriza? ¿Cómo cristaliza el dolor y pasa a estar en pretérito perfecto?






you have forsaken all the love you've taken, 
sleeping on a razor, there's nowhere left to fall
your body's aching, every bone is breaking
nothing seems to shake it, 
it just keeps holding on
...



jueves, 14 de noviembre de 2013

Imaginando un miércoles.

Me transporté de repente a aquella habitación cuadrada y gris, sentada en el alféizar de esa ventana rectangular de nuevo. Volvía a sentir la garganta seca, a cada trago se calcinaba aún más, me ardían los ojos y se me atragantaban una vez más las palabras. 
-Como tantas veces te he dicho, contigo estoy abierta en canal.


Pero no salía nada, absolutamente nada. Era como una gran bola de palabras inasibles e insostenibles. No querían salir, se me quedaron pegadas en la garganta ahogándome, apenas dejándome un resquicio para respirar. Y yo sólo quería explicarte de nuevo eso, que -metafóricamente hablando -un día di dos o tres toques en tu puerta, abriste y me encontraste abierta en dos, por la mitad. Bueno, más bien, el porqué, o el para qué, como prefieras. Me abrí -o me abriste -en canal un día cualquiera, no sabría señalarlo en el calendario (seguro que fue antes del mes en que olvidé seguir pasando las páginas, tachando los días). Sin embargo, ocurrió en el espacio de un segundo. Bajo esa luz cálida y marrón, de noche, me giré y ¡bam! Me atropelló un enorme camión que me dejó -otra vez -sin palabras. Sólo podía hablar abriendo demasiado los ojos, murmurando incoherencias y negando enfurecidamente. En fin, el caso es que en frente de ti me abrí de repente por la mitad y te invité a juguetear con mis órganos, como si no tuviera ninguna importancia. Creo que aún recuerdas la cantidad de sangre que nos ensució las manos y bañó tu recibidor . Hay manchas que nunca se han quitado de nuestra ropa, del suelo, de tu puerta y de mis dedos. 

Volví al alféizar de nuevo, donde las palabras se atravesaban en mi garganta, tan densas y puntiagudas que me asombraba que no vieras cómo sobresalían de mi piel, que brotaban dramáticamente de mis ojos, tal como comenzaban a asomarse las lágrimas. Creo que quizás sí lo viste.

Yo, en cambio, te corto con una chuchilla diminuta, echando en falta un sable, asomándome lentamente dentro. Yo siempre corriendo y tú siempre despacio. Es el único modo de que tenga sentido. Aquel alféizar casi se convierte en barco cuando mi desesperación comenzó a inundar la habitación con olas agitadas de resquemor y miedo. Pero qué iba a saber yo, si no era consciente de nada y a la vez lo sabía todo. 

Al menos al final pude articular palabras y explicarte lo mismo que te dije otras muchas veces y te repetiré infinitas más. Aún abierto mi torso de par en par, no entiendo cómo no fluye la sangre con suavidad y elegancia sino estrepitosa y espesa.