jueves, 14 de noviembre de 2013

Imaginando un miércoles.

Me transporté de repente a aquella habitación cuadrada y gris, sentada en el alféizar de esa ventana rectangular de nuevo. Volvía a sentir la garganta seca, a cada trago se calcinaba aún más, me ardían los ojos y se me atragantaban una vez más las palabras. 
-Como tantas veces te he dicho, contigo estoy abierta en canal.


Pero no salía nada, absolutamente nada. Era como una gran bola de palabras inasibles e insostenibles. No querían salir, se me quedaron pegadas en la garganta ahogándome, apenas dejándome un resquicio para respirar. Y yo sólo quería explicarte de nuevo eso, que -metafóricamente hablando -un día di dos o tres toques en tu puerta, abriste y me encontraste abierta en dos, por la mitad. Bueno, más bien, el porqué, o el para qué, como prefieras. Me abrí -o me abriste -en canal un día cualquiera, no sabría señalarlo en el calendario (seguro que fue antes del mes en que olvidé seguir pasando las páginas, tachando los días). Sin embargo, ocurrió en el espacio de un segundo. Bajo esa luz cálida y marrón, de noche, me giré y ¡bam! Me atropelló un enorme camión que me dejó -otra vez -sin palabras. Sólo podía hablar abriendo demasiado los ojos, murmurando incoherencias y negando enfurecidamente. En fin, el caso es que en frente de ti me abrí de repente por la mitad y te invité a juguetear con mis órganos, como si no tuviera ninguna importancia. Creo que aún recuerdas la cantidad de sangre que nos ensució las manos y bañó tu recibidor . Hay manchas que nunca se han quitado de nuestra ropa, del suelo, de tu puerta y de mis dedos. 

Volví al alféizar de nuevo, donde las palabras se atravesaban en mi garganta, tan densas y puntiagudas que me asombraba que no vieras cómo sobresalían de mi piel, que brotaban dramáticamente de mis ojos, tal como comenzaban a asomarse las lágrimas. Creo que quizás sí lo viste.

Yo, en cambio, te corto con una chuchilla diminuta, echando en falta un sable, asomándome lentamente dentro. Yo siempre corriendo y tú siempre despacio. Es el único modo de que tenga sentido. Aquel alféizar casi se convierte en barco cuando mi desesperación comenzó a inundar la habitación con olas agitadas de resquemor y miedo. Pero qué iba a saber yo, si no era consciente de nada y a la vez lo sabía todo. 

Al menos al final pude articular palabras y explicarte lo mismo que te dije otras muchas veces y te repetiré infinitas más. Aún abierto mi torso de par en par, no entiendo cómo no fluye la sangre con suavidad y elegancia sino estrepitosa y espesa.





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