Ya puedo decir que ayer te vi, pero en mejores condiciones. ¿Qué te puedo contar? Supongo que sigo igual que siempre, aunque me temo que más completa de lo que jamás me viste. Más ligera, más contenta... Especialmente más que en los últimos meses. Tú también pareces estar igual que siempre. Es extraño, cómo la familiaridad se perpetua sin darse uno cuenta. A veces me parece que han pasado años luz, pero han sido apenas unos meses. Qué pena y qué miedo, cómo cambian las cosas. Me andaba preguntando últimamente si durante aquel tiempo que fue tuyo y mío (ya no me atrevo siquiera a llamarlo "nuestro" en pretérito perfecto) tomé más de lo que recibí en exceso, más de la cuenta. Cuando en ocasiones miro hacia atrás, a todos los cambios desde cualquier punto oscuro (incluso hay veces en que escojo un punto alegre) hasta ahora, me pregunto cuántas veces habrás podido cortarte el pelo desde entonces, o si tendrás algún jersey nuevo para el invierno (se me quedó algún plan en el tintero al respecto), cuánta música habrás descubierto, qué películas me estaré perdiendo... Hasta que me acuerdo que así como no lo sé, tampoco me incumbe.
Tengo casi siempre a mano aquella caja de bombones con Champs-Elysées en la cubierta, y pensar que dimos vueltas alrededor y no logramos llegar... y nunca lo haremos. Nunca. Es difícil procesar un tiempo más que terminado; un par de lloros, algún recuerdo incrustado entre los dientes, unos cuantos meses tediosos a mi lado que te hice pasar. Detalles que se perderán en el tiempo (tarde o temprano). Como aquella frase por ahí perdida, «cuando uno dice que se va, es que ya se ha ido»... y para lo pronto que me fui, tardé demasiado en irme. Se acabó mucho antes y por eso en la auténtica ruptura, la escisión de los caminos, pude mirar hacia adelante. Frost tenía la razón y la vida siguió, sigue, seguirá.
Breve intercambio de palabras después de siglos. Hola, qué tal, ando un poco enferma, perdona por la tos, todo bien, me alegro por ti, de que recuperes el tiempo perdido. Gracias por llamar. Y vaya que si lo agradezco. Que te daba pena haber cruzado miradas y haber ido con prisas. Siempre igual de atento. Y cordial. Nos pusimos al día en dos segundos de superficialidad, como suele ocurrir en estos casos. He ahí el cierre de una era de tensión levemente insoportable.
Que te vaya bien y que me vaya bien, las circunstancias van fluyendo y vuelven a su cauce... Y todo estupendo. Me despedí con un entusiasta «¡suerte!», queriendo englobar para ti los mejores deseos posibles (a pesar de todo, los mereces) y un alivio enorme ante la aparente normalidad. A veces siento enormemente no arrepentirme de nada, de la decisión final, pero las cosas acaban, finalizan, decaen, mueren. Dura todo lo que tiene que durar, y ya está, no hay más.
***
No hay comentarios:
Publicar un comentario