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«Pero el amor, esa palabra… Moralista Horacio, temeroso de pasiones sin una razón de aguas hondas (...). Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero.»
Siempre me he sentido muy tonta hablando de sentimientos, hablando de amor, y es básicamente todo lo que hago. Siempre supe que eran algo imperativo, pero me parecía que había cosas más importantes a tratar. Pero nunca lo hice, nunca he llegado a hacerlo. Casi el 100% de lo que brota de mí son sentimientos, 24/7. Aunque luego... por ejemplo: la expresión hacer el amor. Habla de algo bueno, de algo bonito, pero siempre me ha parecido terrible. Es de esas cosas que te llenan la boca como una pasta espesa e insoluble, imposible, como una trampa de oso. Decir te quiero me cuesta horrores también. Y oírlo. He aprendido a procesarlo, pero cuesta aún sacarlo y digerirlo.
Sentimientos, sí. De cualquier tipo. Apenas para nadie son algo fácil. ¿Cómo pueden serlo acaso? Envidio a veces a todos los que no tienen miedo y se dejan invadir total y completamente. ¿Cómo pueden hacerlo? Yo siento algo y puedo estar días intentando interpretarlo y aceptarlo. O negándome a interpretarlo y aceptarlo. Depende. Es un laberinto interminable. Un callejón sin salida. Y ya ni hablemos de amor. Cualquier amor. Todos los imaginables. Una parte de mí ha creído incluso indecoroso escucharme a mí misma hablando de amor, verme sintiéndolo, sentirme padeciendo por ello. Y resulta que esa imperdonable falta, esa tara, esa fragilidad es una de las cosas más importantes en el mundo. Amor. Es curioso, los límites a los que llegamos por él. Las locuras, los miedos, los riesgos, los daños. Todo. Cualquier cosa imaginable. Cómo vende el amor, todas esas comedias románticas taquilleras: salas de cine a reventar, tardes de sofá, descargas ilegales. Los bestsellers imposibles de tragar. Cómo mueve. Los sentimientos exaltados de los románticos del siglo XIX, su amor por la naturaleza. Los cuadros abstractos de Picasso a sus amantes, sus musas. Los libros de poemas, la mítica correspondencia durante la guerra. Las canciones de los Beatles. Ulises añorando su tierra Ítaca, las pericias terribles para volver a la patria. La verdadera patria del hombre es la infancia, decía Rilke. Romeo y Julieta, los incomprendidos amantes y su amor que perduraría como el de Quevedo por su amada, incluso sus cenizas seguirían estando enamoradas: polvo serán, mas polvo enamorado.
¿Cómo habiendo tantos referentes sigue siendo tan complicado? Y no nos soltamos. No nos tiramos en picado. Qué miedo dejarte ir y que no haya nadie al otro lado. Funambulista, equilibrista sin red de seguridad. Una garantía, un sustento... ¿algo? Cualquier cosa. Two lost souls swimming in a fish bowl, como la canción de Pink Floyd. Bueno, más de dos. Cientos. Miles. Casi todos. Y es que en esto de los sentimientos nadie tiene manual de instrucciones.
Este tema es tan escabroso que no logro sacar nada en claro. Es como un tren a toda velocidad acercándose mientras estoy atada a las vías. A veces me arrolla, a veces sólo se cierne amenazante sobre mí y no llega. De todos modos, a pesar del atropello, no muero. Tampoco descarrila el tren. Es lo que tienen las metáforas, puedo hacer con ellas lo que quiera. Qué magia, qué luz, qué alegría, qué pesadumbre, qué caos. La claridad sería la catarsis... o la perdición sería la catarsis. No está del todo establecido. He ahí la cuestión: no hay balance apenas pero sí punto medio. ¿Logro ilustrarlo? Es un desorden muy organizado. El cosmos en llamas. La imagen que resultaría de parar el tiempo junto en el momento en que un gran jarrón de colores se cae al suelo y se está rompiendo. Los segundos cuando te despiertas y no sabes dónde estás ni quién eres (esa amnesia temporal es irreemplazable). Tan complejo, tan universal.
«¿Por qué stop? Por miedo de empezar las fabricaciones, son tan fáciles. Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo. Así viven muchos amigos míos, sin hablar de un tío y dos primos, convencidos del amor-que-sienten-por-sus-esposas. De la palabra a los actos, che; en general sin verba no hay res. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al verse. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.»
Rayuela (capítulo 93), Julio Cortázar