Todo en esa habitación te invitaba a entrar, desde el comienzo, fue siempre así. Había una pequeña fuentecilla que parecía sacada de un bosque tibetano. Tenía una diminuta cascada y corría con calma, provocando suaves sonidos del agua fluyendo despacio. Siempre había algún aroma tranquilizante y dulzón que parecía decirte: «aquí todo va a estar bien, estamos fuera del mundo». La luz era naranja, cálida, sosegada y un poco opaca. Justo al entrar te encontrabas con unas cinco o seis sillas mullidas en donde esperar. Siempre estaba sonando alguna canción de jazz lenta o cualquier melodía pacífica cuya letra poco importaba: era la magia de los instrumentos y la voz lo que era auténticamente importante. Te arrullaba, meciéndote junto al delicuescente olor, la tenue luz y esa pequeña fuentecilla. Se creaba una atmósfera tan envolvente que vivías durante unos minutos en una cápsula aislante de todo pasado y futuro: sólo existía esa habitación, estar sentada en una de las sillas sintiéndolo todo ahí dentro sin sentir nada de fuera. Un santuario, un refugio. Dónde ir si el barco zozobra. Una pequeña rehabilitación en el constante camino de recaídas.
Y era el último día que esa paz arrolladora se apoderara de mí.
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