miércoles, 26 de febrero de 2014

Breve historia de la mujer que fue atravesada por un árbol

"you fit into me
like a hook into an eye
a fish hook
an open eye"
You Fit Into Me  - Margaret Atwood


Esas raíces ahora secas y rotas estaban vivas y fluyendo. Te veía siempre viviendo en una constante primavera, floreciente y brillante. Hojas y flores, madera fresca y viva. Te plantaste en mí, árbol de entonces esplendor, sin que lo supiéramos ninguno de los dos. Las ahora secas raíces han dejado montones de astillas. Claro, te fuiste y nos rompimos un poco los dos. Éramos una perpendicular en comparación con la actual paralela de nuestras vidas. Es curioso, ¿no crees? Lo pienso cada vez que encuentro alguna astilla perdida. A veces son más grandes, a veces más pequeñas... Así es la vida, ¿no? Las fuertes vivencias dejan fuertes impresiones.

Siempre te encontré fuerte, mirando al horizonte bajo tu sombra protectora. Quizás amenazante. Creía que dependía de ese resguardo. En ocasiones, al derrumbarme sobre ti, sólo escuchaba un eco vacío y suponía que no alcanzaba a comprender aquello que se removía en tus entrañas. Suponía que nunca nadie podría, de ahí la volatilidad de tus ahora secas y rotas raíces. Aún guardo su rastro, arañazos cicatrizando lentamente. Dolorosamente. Encarecidamente.

Me atravesaste de manera tan atroz que casi me doblo en dos: claudiqué a tu peso y presencia -al peso de tu presencia -, tu imagen, todo tu ser. ¿Cuánto tiempo? Lo ignoro. Se contorneaban tus hojas y ramas al viento despacio. Y ya Te quedaste en mi pecho; tu tronco atravesando mi tronco, yo ensartada como un trozo de carne cualquiera en una humeante y ruidosa barbacoa. Estaba perdida y clavada en el suelo. Tus flores eran mías y mi sangre bombeando era tuya.

Creo que no fuiste consciente de nada. Sigues en tu línea. Me aventuro a decir que el terremoto que fuiste en mí para ti apenas fue un pequeño bache en la carretera, un incordio. Siempre dando importancia a lo que no debes. Diría que el proceso de descomposición fue bastante repentino. Las estaciones comenzaron a pasar deprisa. El calor del verano te abrasó mientras mi piel se tostaba. Empezabas a deslizarte. El otoño te tiñó jadeante a mi lado (casi fuera, un poco dentro) de rojo y te fue arrebatando pétalos y hojas. El invierno te secó y los resquicios de ti en mí me avisaron de tu ausencia. La sucesión de los meses estaba latente de repente. Te fuiste y tus raíces se rompieron, llovieron pequeños trocitos de ramas a mi alrededor donde yacían tus hojas muertas.

La cuestión es: ¿te fuiste, me fui o nos fuimos? Creo que ahí está la clave, en la falta de "o blanco o negro", la bonita y amplia gama de tonalidades de gris. Cómo saber quién dio el primer paso, quién dio el primer tijeretazo o disparó la primera bala. La eterna búsqueda del culpable.A lo mejor fui yo quien se comenzó a deslizar, a lo mejor eran mis entrañas las que se revolvían de manera incomprensible para ti. Tal vez quien tenga razón sea yo y no tú... Pero claro, ya estamos volviendo a los extremos. No. Tú querías salir y yo te quería fuera. Es así de sencillo, así de simple y de difícil de admitir. Las circunstancias eran adversas y teníamos una reciprocidad parasitaria letal. De todas maneras, ya casi estoy limpia de astillas y, aunque cicatrizo fatal, el proceso fluye. Siempre fluye.

martes, 4 de febrero de 2014


Una hoja color rojo fuerte solitaria atrapada entre la sequedad de las ramas, quizás sola, quizás esperando... Quizás incapaz de soltarse. Granate roído, desgastado y triste. Si se cayera, estoy segura de que lo haría como sólo una última hoja en un árbol podría hacerlo: elegante y melancólica, lenta y dulce. Como el último resquicio de esperanza que se apaga y se precipita al vacío. Como una lágrima solitaria deslizándose por una mejilla cualquiera, creando hondos e inabarcables surcos de infinita tristeza. 
Tarde o temprano el viento la habrá arrancado. 
Al venir la primavera renacerán cientos en su lugar.
(¿se perderá para siempre?)