jueves, 20 de marzo de 2014

Eres tú pero no eres tú. Veo tu cara, tus ojos, con un tinte oscuro, sombrío, tenebroso, hiriente. Irreal. ¿Irreal? ¿Segura? Irreal. Definitivamente. Sé que eres tú y sé que no eres tú. Entiende que es todo muy confuso, es complicado recordar con claridad. Aunque algunos hechos se quedan grabados a fuego. Eso también lo sabes, lo entiendes (porque lo entiendes, ¿verdad? Siempre entiendes). Corro deprisa sin moverme del sitio, estoy exhausta sin estirar un solo músculo. Si no eres tú, ¿por qué te veo? Y porque eres tú es que te veo. Entonces, como eres tú, te pregunto que para qué te vas si acabas de llegar. Pero claro, como no lo eres no hay respuesta.

Ya te estoy diciendo que no te vayas y todavía no te ha dado tiempo a pensar en irte. Me miras fijamente y me dices que no, pero yo elijo creerle a tu sombra hipnótica que yo misma dibujo, que yo misma urdo en algún plano paralelo e impensable. La sombra de tu otro yo, aquel villano dulce y seductor, me arrastra hasta el rincón de mis entrañas más tétrico. Mi pobre yo indefensa, esperando que vengas a clavar alfileres entre sus costillas. Y tu sombra más que satisfecha. Qué veneno recorre esa lengua de manera tan letal como para escupirme ese ácido nefasto en las heridas abiertas por tus garras. Eres un monstruo, Sombra, el espejo más distorsionado nunca. Le arrojó una piedra a esa superficie. Tu reflejo se parte en dos, tres, cinco, siete partes distintas. Diez. Número redondo. Los trozos son afilados, espeluznantes. Y...

Realidad. Luz. Vida. Cama. Despierto y soy yo la que se clava las uñas, quien se clava los trozos de esa Sombra afilada. El recuerdo de ti, que no eres tú, también lo clavo dentro. Se me enreda en el corazón y me calcina por dentro, asfixiándome. Me ata a las sábanas. Me he tragado un montón de cristales y ahora me pesa tanto el cuerpo que no puedo despegarme del colchón. Así no hay manera. El agua me aclara las ideas. Cojo el tren para ir a mirarte a los ojos, a ti, al de verdad. Ahí estás, en la realidad donde tu reflejo no me traiciona (no nos traiciona). Tardo un rato en salir del luto de mi lúgubre muerte somnolienta.

Aunque quizás esta noche la Sombra vuelva, envuelta en maldad, lista para jugar. O quizás estés tú al otro lado de las sábanas. 
Estoy flotando en una piscina. Muevo los brazos y las piernas tumbada en el agua cada 3-4 segundos que parecen eternos. Y lo hago sin ningún esfuerzo. Flu-yen-do. Durante este rato todo en el mundo parece encajar, parece tener sentido. Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa. Un presente fantástico, espléndido, maravilloso, brillante, estupendo. La paz del agua envolviéndome con su lento fluir, tan sólo perturbado por el movimiento de mis piernas y brazos. La efímera tranquilidad que acompaña a este tipo de momentos en calma. El sublime flotar me ensordece, me ciega y me deja sin voz. No existe nada más que el agua: es ella mi piel, el aire que respiro y la sangre que recorre mi cuerpo. Mi existir es el agua y no hay nada más vivo que ella, nada más que pueda latir más deprisa o correr más rápido. La piscina metamorfosea en aquel mar en calma que solía imaginar en las horas de desesperación. Nunca logré dejar la mente en blanco, siempre me llevaba a una playa de un mar azul turquesa y transparente cuyas olas mecían y arrastraban dulcemente la arena prístina de la orilla. Sonaba la misma melodía de paz, un pequeño refugio: mi santuario amurallado por las paredes de mi mente. Aquella fuerza que me arrullaba poco a poco, como un sueño dulce y asfixiante del cual es imposible escapar (o desear hacerlo). Estaba todo allí. Perfecto. Sólo faltaba...