jueves, 20 de marzo de 2014

Estoy flotando en una piscina. Muevo los brazos y las piernas tumbada en el agua cada 3-4 segundos que parecen eternos. Y lo hago sin ningún esfuerzo. Flu-yen-do. Durante este rato todo en el mundo parece encajar, parece tener sentido. Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa. Un presente fantástico, espléndido, maravilloso, brillante, estupendo. La paz del agua envolviéndome con su lento fluir, tan sólo perturbado por el movimiento de mis piernas y brazos. La efímera tranquilidad que acompaña a este tipo de momentos en calma. El sublime flotar me ensordece, me ciega y me deja sin voz. No existe nada más que el agua: es ella mi piel, el aire que respiro y la sangre que recorre mi cuerpo. Mi existir es el agua y no hay nada más vivo que ella, nada más que pueda latir más deprisa o correr más rápido. La piscina metamorfosea en aquel mar en calma que solía imaginar en las horas de desesperación. Nunca logré dejar la mente en blanco, siempre me llevaba a una playa de un mar azul turquesa y transparente cuyas olas mecían y arrastraban dulcemente la arena prístina de la orilla. Sonaba la misma melodía de paz, un pequeño refugio: mi santuario amurallado por las paredes de mi mente. Aquella fuerza que me arrullaba poco a poco, como un sueño dulce y asfixiante del cual es imposible escapar (o desear hacerlo). Estaba todo allí. Perfecto. Sólo faltaba...


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