viernes, 30 de mayo de 2014

Trenes de ida y trenes de vuelta

Era una gran explanada de colores cálidos: verde fresco y marrón tierra. El verde claro bailaba en pequeñas olas de briznas meciéndose con el viento, como el agua del mar turquesa apacible en días de ligera brisa y sol intenso. Me imaginé suave y leve pisando la hierba prístina. Justo como en aquella montaña junto al lago. Tumbada mirando la forma extraña de las nubes. Recuerdo un día bonito y nublado. Un trocito de sol se asomaba por un hueco entre las nubes, agarrándose sus rayos al cráter blanco y esponjoso. La luz se debatía entre amarilla y rosa en un fondo azul grisáceo. Quería estar sola y observaba a los demás a la distancia. Allí el lago, allí las rocas; aquí los árboles, aquí las personas. 


Un túnel que hace de puente. Con uno te encuentras y en el otro te pierdes. Corto y oscuro, largo y recto. Aquí yacen mis intentos. Esa lápida de piedra gris y rugosa. Bajo tierra mis errores, se levantan cuando se muere el sol. No en cada luna pero siguen siendo los fantasmas encajados en mi costilla. Mil veces los he sepultado y mil se han escapado. Se retuercen inquietos en mi interior, están vibrando y el terremoto me lleva casi al derrumbe. El pasado se me ha quedado cristalizado dentro. La purificación del alejamiento del pretérito y el cambio de las formas. Y un lugar para cada cosa. La sucesión de los días, de las semanas, de los meses. De los años. 

lunes, 12 de mayo de 2014

Tradición-traición: el engaño del tiempo pretérito

Vi los barrotes y las ramas secas que se asomaban por la reja de metal como atravesándome desde la calle de enfrente. Los ladrillos de la fachada parecían estar haciendo fila, esperando su turno para derrumbarse sobre mis pulmones. Hay bastante demanda. Por favor, que el pasado no me atropelle como esos trenes de carga que no paran y van haciendo demasiado ruido. Vamos a ver, las cosas por partes.

Vi el reflejo del "qué bien te veo" en sus gafas antes de escucharlo. Aun así, un centenar de cañones se alinearon en la fachada y comenzaron a bombardear mi fortaleza. La puerta grande estaba abierta. La suya y la mía. El comienzo del fin. La cuna de las tristezas y las alegrías. Todo lo que ya conjugo en pretérito perfecto escociendo, como si las ramas secas me hubiesen arañado por doquier y del cielo cayesen gotas de limón certeras y mortales. Vencí mi afán de sentarme, iba cargada con algo más que demasiadas bolsas o demasiado peso en la mochila. Si el aire entraba y salía bien de mí, yo no era consciente de ello. ¿Qué fue todo ese tiempo y por qué su ausencia todavía decide aparecerse ante mí como una imponente sombra ardiente, como una puerta a través de la cual veo un enorme vestíbulo de mármol negro en el cual charcos de mí se deslizan y se deshacen?

Tengo entre mis manos la soga que logré desatar de mi cuello, tirando con las uñas, pero la siento de nuevo en la yugular, palpitando, oprimiéndome la traquea también. Soy de repente un conducto de ventilación estropeado, sucio y obstruido por antiguos tesoros escondidos por niños traviesos. Subí hasta el camino de tierra, el de acortar, en el que de tanto pasar ya no hay césped: se ha rendido tras tantas pisadas, está árido, seco... inexistente. Como ese pasado que ya no se conjuga en presente. Ni en futuro. Sigo intentando dar bocanadas de aire sólo para darme cuenta de que no me estoy ahogando. Es solamente un sueño. De día. Con los ojos abiertos y mirando hacia dentro. Hacia atrás. Hacia adelante pero desde otra perspectiva. El peso de mis pulmones no está ahí. La cuerda letal deja de retorcerse como una serpiente mortífera y juguetona entre mis dedos y alrededor de mi cuello.

Existo y vivo: lato centelleante entre calles y trenes, entre oraciones y párrafos, entre mayúsculas y puntos finales. Lato ahí fuera y lato aquí dentro. Vibrante. La fortaleza se alza para burlarse de aquellos cañones. Qué tienen que hacer ellos aquí si no es nada, la única portadora de la llave que guarda mi pasado es mi mano. No hay nada que hacer aquí. Mis costillas hacen de jaula y soporte a mis pulmones dilatándose, el nenúfar helado, viejo amigo a la izquierda, se mantiene a raya incluso: hasta él se enfada con los cañones. Él también recuerda y es dueño de su memoria.

Una fachada es sólo una fachada, una calle no es más que eso: una calle. Aquel banco o este otro no son más que... bancos. Pueden dejar de sangrar, de sacudirse, de hacerme temblar.  No tengo nada que darles y, lo más importante, es que ellos no tienen nada que darme a mí, nada que ofrecerme, nada que podamos intercambiar. Nada.