viernes, 30 de mayo de 2014

Trenes de ida y trenes de vuelta

Era una gran explanada de colores cálidos: verde fresco y marrón tierra. El verde claro bailaba en pequeñas olas de briznas meciéndose con el viento, como el agua del mar turquesa apacible en días de ligera brisa y sol intenso. Me imaginé suave y leve pisando la hierba prístina. Justo como en aquella montaña junto al lago. Tumbada mirando la forma extraña de las nubes. Recuerdo un día bonito y nublado. Un trocito de sol se asomaba por un hueco entre las nubes, agarrándose sus rayos al cráter blanco y esponjoso. La luz se debatía entre amarilla y rosa en un fondo azul grisáceo. Quería estar sola y observaba a los demás a la distancia. Allí el lago, allí las rocas; aquí los árboles, aquí las personas. 


Un túnel que hace de puente. Con uno te encuentras y en el otro te pierdes. Corto y oscuro, largo y recto. Aquí yacen mis intentos. Esa lápida de piedra gris y rugosa. Bajo tierra mis errores, se levantan cuando se muere el sol. No en cada luna pero siguen siendo los fantasmas encajados en mi costilla. Mil veces los he sepultado y mil se han escapado. Se retuercen inquietos en mi interior, están vibrando y el terremoto me lleva casi al derrumbe. El pasado se me ha quedado cristalizado dentro. La purificación del alejamiento del pretérito y el cambio de las formas. Y un lugar para cada cosa. La sucesión de los días, de las semanas, de los meses. De los años. 

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