jueves, 5 de junio de 2014

"A cage went in search of a bird" (closure, baby steps)


Es más difícil de lo que parece construir una jaula que se pueda abrir. A veces se te olvida la puerta en el muro. Recuerdo todavía una tarde de invierno. Yo llevaba un jersey azul y la pared de ladrillo me miraba fijamente. La puerta roja se había cerrado sin que yo me diera cuenta. Me senté a esperar en la roca sin saber qué iba a pasar. Más bien: me senté en la roca a ver qué había pasado exactamente.

 Esa era mi sensación general con respecto a todo siempre por aquel entonces. Se me quedaba una emoción que me daba vueltas por el estómago y se me disparaba de la punta de los pies hasta la coronilla. Tenía un sabor a metal en la boca, a desazón, a sentimiento insatisfecho. Todo en esa época se me quedaba a medias (razón por la cual mi filosofía de vida ha cambiado tan radicalmente). Todo me sabía a poco, a descontento, a incompleto. Mi sala de espera. Tres paredes blancas y un enorme ventanal de cristal. Antes no me había percatado del vidrio porque para mí se doblaba en espejo y reflejaba una más de aquellas paredes que me tenían enjaulada, incapaz de cruzar mi puerta, sin poder llegar al rellano (rellano desacertado casi en su totalidad, tenía demasiadas esperanzas puestas en las cosas equivocadas sin saber que aguas mejores irrumpirían en mi vida y se llevarían, cristalinas, la negruzca bruma que me ahogaba por dentro).

Regresemos a mi pared de cristal. Se presentaba ante mí la presumida imagen de todo lo que mi vida podía ser, todo lo que yo podía ser, pero no ocurría (no era el momento, no eran las maneras). La cuestión es que no lograba ver que esa imagen futura de mí misma no se encontraba a través de la puerta, a través del cristal, sino atravesando mis entrañas, ahí dentro, siempre había estado ahí pero yo lo había olvidado. Mi ser en potencia pasaba desapercibido bajo mi piel y mi mirada cabizbaja. Que no son las circunstancias tanto como yo, pero las circunstancias me han hecho darme cuenta de lo que tenía y podía tener (porque ya lo tenía, de algún modo).

Me senté en la roca a esperar porque siempre me limitaba a esperar. Me quedé mirando la puerta roja simplemente por hacer algo. Por costumbre. La insaciable costumbre del que se queda a esperar. Ese sería el nombre de la instantánea, de aquel momento congelado en el tiempo. Saqué una libreta que hábilmente llevaba en el momento y me puse a describir la pared roja, el muro de ladrillo. Y después me fui. Ya era hora. El problema es que un trocito de mí se quedó estancado y no deja de conjugar el pasado en presente, o no deja de conjugarse en pretérito (no está del todo claro). El fantasma de los horrores pasados se quedó ahí sentado y su única finalidad es recordarme que se quedó ahí sentado. El problema está en darse cuenta. A lo mejor jamás me bajé de aquel autobús. Mi autobús. Y va siendo hora de coger otro, muchos más. Ir mirando hacia atrás por la ventana mientras avanzamos no hace bien a ninguno de los pasajeros. El bus está a punto de volcarse (de estrellarse con nosotros dentro), la roca se disuelve, los ladrillos del muro se mueven, la puerta roja se desfigura. Ya no hace frío, y si vuelve a hacer frío, nada será como aquel invierno. Va siendo hora de enterrar bajo cemento aquellos tormentosos y turbulentos días de nubes cargadas de agua helada y rayos y truenos y la niebla abominable y la oscuridad inescrutable.

Va siendo hora.


Palacio de Cristal https://www.flickr.com/photos/lyingonyourside/14132360558/



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