Ya no siento nada al ver mariposas. Estoy perfectamente tranquila en la oscuridad, apenas enciendo las luces por la noche, solamente si es estrictamente necesario. Hablando de necesitar, ya no necesito taparme ni el cuello ni los pies por la noche (costumbre de más de una década debido a terrores nocturnos y sonidos inexplicables del viento en el piso dieciséis -me decían que eran brujas y yo me lo creía). No veo nada en mi cabeza por las noches, me duermo relativamente rápido y me despierto demasiado pronto. Ya no logro pasarme las mañanas durmiendo. Ni las tardes. Bueno, casi. Y es pronto para hablar. Los segundos se me pasaban tan lentos al principio que quería tirarme por un puente, pero el tiempo ha vuelto a la normalidad y es el alivio más grande que he tenido desde entonces. Ahora me paso las horas viendo películas, series y pegada al boli bic azul cristal y mi Cuaderno Irónico, a modo de diario abordo. Creo que poquito a poco se me abre el estómago, pero no paso de las tres comidas al día. Llevaba una semana sin escuchar música, pero hoy ha surgido, así sin más, igual que todos los demás avances minúsculos que me llenan en trocitos diminutos por dentro. Es cuestión de actitud. Y de ser capaz de tener la actitud, para empezar. (Whatever Lola wants, Lola gets.) Esta mañana me desperté antes del amanecer. Me descuidé un momento y cuando volví a girarme hacia la ventana ya entraba una luz azul por el agujero entre la persiana y el alféizar. Me dio de lleno.
Es difícil dejarte ir, soltarte, todo eso... pero he descubierto que el primer paso es quererlo. Y yo lo quiero, lo quiero más que a nada. Hay algo ahí fuera esperándome. No sé lo que es, pero tengo muchísimas ganas de descubrirlo.
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