Me duelen la mano, la muñeca y el brazo. Es culpable la fuerza con la que presionaba el boli azul contra el papel del cuaderno negro. La historia dejada a medias por incapacidad, levemente retomada. Todavía siento en el pecho los restos de la emoción, tanto tiempo latente, por fin auténticamente a flor de piel. Todas aquellas sensaciones oscuras y frías. Me coloqué en el lugar perfecto y abrí los ojos en el momento adecuado para deleitarme con la horrorosa visión. He descubierto que soy la única que puede rescatarme de ello. Tenía esperanzas de que la cura pudiera residir en otras manos, repartida entre varios, un conjunto de antídotos. El poder distribuido entre diferentes chamanes que pueden realizar conjuros que se escapan de mi control, invocar fuerzas que yo me he creído siempre incapaz de reunir. Me quedé sorda y sin pulmones. Me quedé paralizada, totalmente inmovilizada por el peso de la realidad. Ahora entro de nuevo en aquel sitio. La encuentro allí donde se quedó atrapada. Le paso mi chal blanco por encima de los hombros. La arropo como puedo y la abrazo mientras la llevo hacia la puerta. Yo tengo el control y yo soy el apoyo. Yo necesitaba verlo todo de cerca, muy de cerca, bien de cerca, cerquísima. Salimos por la puerta y era de noche. Era invierno y supongo que hacía frío, pero yo no lo sentía. Ahora tiritaba entre mis brazos, temblando por el fresco y el llanto. Se atragantaba con los sollozos, su cara totalmente descompuesta en una mueca de dolor y espanto espectacular. Nos sentamos en la acera. No paraba de estremecerse, sus lágrimas estaban en todas partes. Caminaba por pantanos, con cemento en los pies y grilletes en las manos. La abracé muy fuerte, tan fuerte como pude. Tenía unas ganas infinitas de salvarla. Tres sílabas que ponían nombre a una parte de mi resquebrajado dolor e interior. Poco a poco se fue tranquilizando. De repente, sin esperarlo, apareció su figura alargada frente a mí. Me tomó por sorpresa. Completamente. Me quedé paralizada yo también, totalmente sobrecogida. Estiró su brazo y le ofreció su mano y un abrazo en que le pedía perdón. Yo también me puse de pie y sonreí. Todo el daño, todos los recuerdos de ese trocito de mí se vieron reducidos a eso: un perdón. La llevé hasta la cama, la tapé con una manta gordita y azul. Ella, calmada y serena, se hundió en un sueño plácido y profundo. Respiraba tranquila, por fin. No estaba perdida en la nada ni devorada por el dolor. No estaba desconsolada ni quebrantada ya. Nosotros nos fuimos andando de allí, a lo lejos, hacia el horizonte. Mientras, tumbada en mi cama, dos delgados surcos de lágrimas me recorrieron las mejillas. Todo estaba bien.
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