sábado, 15 de noviembre de 2014

El huracán de casualidades (LCdOyM)


Me duelen la mano, la muñeca y el brazo. Es culpable la fuerza con la que presionaba el boli azul contra el papel del cuaderno negro. La historia dejada a medias por incapacidad, levemente retomada. Todavía siento en el pecho los restos de la emoción, tanto tiempo latente, por fin auténticamente a flor de piel. Todas aquellas sensaciones oscuras y frías. Me coloqué en el lugar perfecto y abrí los ojos en el momento adecuado para deleitarme con la horrorosa visión. He descubierto que soy la única que puede rescatarme de ello. Tenía esperanzas de que la cura pudiera residir en otras manos, repartida entre varios, un conjunto de antídotos. El poder distribuido entre diferentes chamanes que pueden realizar conjuros que se escapan de mi control, invocar fuerzas que yo me he creído siempre incapaz de reunir. Me quedé sorda y sin pulmones. Me quedé paralizada, totalmente inmovilizada por el peso de la realidad. Ahora entro de nuevo en aquel sitio. La encuentro allí donde se quedó atrapada. Le paso mi chal blanco por encima de los hombros. La arropo como puedo y la abrazo mientras la llevo hacia la puerta. Yo tengo el control y yo soy el apoyo. Yo necesitaba verlo todo de cerca, muy de cerca, bien de cerca, cerquísima. Salimos por la puerta y era de noche. Era invierno y supongo que hacía frío, pero yo no lo sentía. Ahora tiritaba entre mis brazos, temblando por el fresco y el llanto. Se atragantaba con los sollozos, su cara totalmente descompuesta en una mueca de dolor y espanto espectacular. Nos sentamos en la acera. No paraba de estremecerse, sus lágrimas estaban en todas partes. Caminaba por pantanos, con cemento en los pies y grilletes en las manos. La abracé muy fuerte, tan fuerte como pude. Tenía unas ganas infinitas de salvarla. Tres sílabas que ponían nombre a una parte de mi resquebrajado dolor e interior. Poco a poco se fue tranquilizando. De repente, sin esperarlo, apareció su figura alargada frente a mí. Me tomó por sorpresa. Completamente. Me quedé paralizada yo también, totalmente sobrecogida. Estiró su brazo y le ofreció su mano y un abrazo en que le pedía perdón. Yo también me puse de pie y sonreí. Todo el daño, todos los recuerdos de ese trocito de mí se vieron reducidos a eso: un perdón. La llevé hasta la cama, la tapé con una manta gordita y azul. Ella, calmada y serena, se hundió en un sueño plácido y profundo. Respiraba tranquila, por fin. No estaba perdida en la nada ni devorada por el dolor. No estaba desconsolada ni quebrantada ya. Nosotros nos fuimos andando de allí, a lo lejos, hacia el horizonte. Mientras, tumbada en mi cama, dos delgados surcos de lágrimas me recorrieron las mejillas. Todo estaba bien.

HIMYM

martes, 11 de noviembre de 2014

Mi reino junto al mar


Mi isla, mi playa, fue invadida desde el primer instante por una fuerza mayor que mi consciencia. Siempre veo su alargada figura caminar desde el extremo oeste de la extensión de arena amarillenta y fría. Viene con un paso tranquilo, con las manos en los bolsillos y una media sonrisa parte de su cara de circunstancia. Siempre de negro, la chupa de cuero, el aire frío. Hay un cofre en mitad de la costa. Es dorado y grande. Está hecho de madera y oro y rubíes y zafiros. El baúl donde van las cosas malas. Me ayuda a meterlas allí, una vez procesadas. Nos sentamos a orillas del mar y miramos al horizonte. El agua del mar está tranquila y es azul oscuro tirando a veces a negro, creando un contraste juguetón con la espuma. Parece tan frío como el aire que corre por la explanada de arena. Hay calma. Hay paz. Miramos al horizonte con esa brisa marina despeinándonos y a veces me deja su chaqueta. Respirar aquí es maravilloso. La tranquilidad a veces gélida, la serenidad de nuestra soledad y aislamiento. Se repiten las acciones una detrás de otra en bucle. Un retazo de una película puesto en repetición. Todo está bien aquí. 
(the world is quiet here)


Sin embargo, las circunstancias cambian y los santuarios en forma de refugio a veces se vienen abajo. Son un recuerdo más de algo que ha terminado. Mi isla, mi playa, realmente la hice nuestra. Estaba fuera de mi control, un momento en que doy el poder a mi subconsciente y la razón no puede intervenir de ningún modo. He ahí la cuestión. Tuve que ponerme manos a la obra. Construí una pequeña barca con mucho esfuerzo. Aquí todo reside en la imaginación y esta despedida era difícil de digerir. Te voy a dejar ir, susurré, a merced del viento. Lo sentí sumergida en el agua. La de verdad. El mar que me engullía por mi incapacidad de relajación al intentar dejarme llevar por el leve oleaje. Oía el ruido de las aguas: las olas, las lanchas, los chapoteos, los gritos y las risas amortiguados. Mi respiración se tornó más tranquila y conseguía flotar con más facilidad. Construí mi pequeña barca y tumbé su cuerpo dentro. Los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada impasible. Cooperando. La imagen se teleportaba de la orilla a la barca y viceversa. La imaginación da para lo que da. Extendida su forma a lo largo del bote con un pañuelo blanco y sollozos despedía la embarcación de la orilla. Empujaba hacia el mar y veía cómo se perdía en el horizonte. Se perdía todo. Dejar ir. Sí. Dejar ir. Volvía. Se iba. Volvía. El poder de la mente tiene sus limitaciones cuando esta está abatida. El desaliento empujaba a ratos más fuerte que el viento.  Pero también el desencanto devolvía nuestras figuras a la primera escena y el trabajo volvía a empezar. 


miércoles, 5 de noviembre de 2014

De cómo consume el anhelo (advertencia)

Tengo una capacidad brutal para convertir simples cosas que quiero en necesidades. Dependiendo del día lo atribuyo a mi carácter apasionado o a mis insanas obsesiones. Supongo que cada uno tiene un poco de verdad, pero en su total absoluto ambas pierden su sentido. Ninguna es objetiva. Puedo pasar de deseo a necesidad en cuestión de minutos. De horas. De días. Se me atraviesa una idea en el pecho y ¡bam! Se enciende el fuego, me calcinan las llamas mientras se me estiran los labios y se me salen los ojos de las órbitas. Respiro tan fuerte que me duelen los pulmones y las costillas y el diafragma. La exaltación me consume entera. El anhelo. La apetencia. El afán. Las expectativas. Todo, t-o-d-o, TODO.  Hay algo de soledad en ese apetito insaciable del deseo. En el mío al menos. Los picos de la obsesión enfermiza me esconden del resto. And all I loved, I loved alone. No exactamente, pero por ahí van los tiros, señor Poe. Uno de los problemas reside en que yo no escucho a la sombra del Cuervo que me dice que nunca más y ya está. Me caigo y me levanto. Casi. Es otro de los matices, claro que lo es, nada puede ser el todo porque el todo es una suma de las partes. No sé tener hambre. Los placeres no los disfruto despacio. Algunos. Quizás. Quién sabe. Alguno. Soy una persona de extremos, de terribles extremos, cuya mayor aspiración es el equilibrio. Mi gato se asusta con cualquier ruido: las pisadas, las puertas, el vecino. Estas cosas son complicadas. Los elementos externos son un factor a tener en cuenta. Si nos salimos de nuestro propio control, ¿cómo vamos a abarcar lo demás? Creo que la clave está en dejar ir un poco esa avidez maniática de poder. Hace frío y tengo las manos congeladas y las fuerzas por los suelos. ¿Cómo logro asir nada? La cara oculta de mí. No sé. Estoy en camino de equilibrar mi balanza. 

The Longest Week