Este lugar está embrujado, me retumbó en los oídos. Siempre vuelvo. Y entonces vuelve siempre a mí la claustrofobia. Es el ciclo inevitable. Entro por la puerta y a veces no lo noto. Comienza a escocer dentro de repente. Es una presión en el pecho inaguantable, pero a la vez hay demasiado espacio dentro para el aire: se me ensanchan los pulmones para que quepa el pánico de la proyección de mi pesadilla y comienzo a hiperventilar sin quererlo. Esa es la maldición de aquel lugar embrujado: nunca deja de estarlo. Yo he esperado que se desvanezca el hechizo. Me he sentado a esperar como quien permanece al lado del teléfono con los brazos cruzados y la mirada fija. Finalmente los avances son falsos, no recibo garantías por parte de ni una de las esquinas de este sitio perverso. Cumplo aquí mi condena. Aquí y en otros cinco mil quinientos veinte detestables sitios distintos. Sentenciada a mirar hacia la columna y ver una y mil veces en ella inscrito mi castigo:
aquí yacen los restos inútiles de ti, me dice;
aquí yacen tus recuerdos imborrables de aquel pecado. Todo aquello que se me quema en la piel y me penetra de costado a costado. Comienzan pues las náuseas, la repulsión, me juro no volver jamás. Quién pudiera nunca volver a cruzar aquel umbral endemoniado. Cada centímetro de pared, de suelo.. están envenenados todos los rincones de este sitio dañino. Pero siempre vuelvo. Y el ciclo se repite. Hasta que deje de volver o hasta que deje de doler.
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| Hannibal |
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