viernes, 23 de octubre de 2015

Madrugada de jueves a viernes en octubre

¿Qué hago yo aquí
Qué
Qué quiero hacer
Mmmmmm
Qué quiero escribir, más bien
QUIERO ESCRIBIR PERO NO SÉ QUÉ ESCRIBIR
Qué vida taaaaaan desgraciada
mañana me levanto a las seis pero no importa

Me duele el pecho donde duerme el frío del vacío que me llena. Respiro y se me encoge la vida, el nenúfar del pulmón izquierdo está pegado a mi corazón y grita cuando se cuela el aire. Se congela y la brisa silba al rozarlo, temerosa de romperlo. Aquí dentro todo pesa, nada viene sin consecuencias. El dolor se transporta, nómada; jamás se va. En el espejo el reflejo se ríe y los ojos gimen. Las lágrimas que no lloro son la soga que se ata a mi cuello: el aire ya no circula y me atraganto conmigo misma. Intento escapar, partiéndome en mil pedazos para lograr escabullirme. El dolor es mi pegamento, me hace sentir cada trocito, tan tangible, tan horrendo. Me precipito, corriendo, arañándome la piel. Qué es real... ¿Si sangro será real? El nenúfar tiembla y hace frío, mis dedos petrificados intentan acariciarlo pero solamente se clavan dentro.

Me quito horas de sueño mientras mis tripas se retuercen. Las ojeras me pesan bajo los ojos hinchados, rojos, exhaustos. La garganta me duele y sigo escribiendo pero ¿qué estoy escribiendo? ¿Por qué este tiempo y no otro? ¿Por qué estas pobres palabras y no otras? Sigo. Las ceremonias, el ritual, todo tan conocido, tan eficaz. El alma llora y la rutina le canta una nana para que duerma plácida, cansada, satisfecha.


Pero me sigue doliendo el pecho
Donde se cuela la ausencia
Donde ya no caminas
Y ya no palpitas

(mañana...
mañana
me
va
a
doler)

martes, 13 de octubre de 2015

Living is a problem because everything dies, period

Agarré la taza con las dos manos mientras miraba fijamente los posos del té. El olor metálico de la sangre se me quedó atrapado en la boca. Es imposible ignorarlo, aunque lo intento. El olor anuncia la llegada del torrente escarlata. Se sacude y la sangre me salpica, una gota cae en mi brazo y observo con las lágrimas desbordándose de mí cómo se va secando en mi piel. He conocido cada tonalidad de rojo que emana de esa herida punzante cuya carne agoniza y se pudre. Apesta a muerte y dolor mientras limpiamos caminos de sangre en las baldosas claras. Lloro y lloro ríos, pero la sangre me gana. Lacónica pruebo ese mismo sabor en mis encías, rozándolas ansiosa con la punta de mi lengua. Mientras, ya los dientes se pudren y el hueso corroído es el preámbulo de un espantoso tumor interno que va creciendo, parásito maldito e imparable, obstruyendo una respiración de hoja caduca. La carne que fue bermellón y albergaba aliento y saliva que latían con vida se baña en un carmín mortífero. Me desgarra esa cascada granate; se ahoga, se ahoga tragando su propia sangre y yo no hago más que imaginar el mismo sabor carmesí rodeándome los dientes y apretándome la garganta. El nudo no se va, las miradas de soslayo discutiendo el plan de actuación, no hay solución. Esos pobres ojos caen ante la dolencia de una lesión ya incurable, ya inevitable. En el reloj de arena ya se agotan los granos que van cayendo y que ya pronto serán ceniza que pesará en la urna de mi corazón casi baldío. Tierra decadente regada por la lluvia de mis lágrimas. Abandonada. Inundada por la pérdida. Rebosada por la muerte.