Agarré la taza con las dos manos mientras miraba fijamente los posos del té. El olor metálico de la sangre se me quedó atrapado en la boca. Es imposible ignorarlo, aunque lo intento. El olor anuncia la llegada del torrente escarlata. Se sacude y la sangre me salpica, una gota cae en mi brazo y observo con las lágrimas desbordándose de mí cómo se va secando en mi piel. He conocido cada tonalidad de rojo que emana de esa herida punzante cuya carne agoniza y se pudre. Apesta a muerte y dolor mientras limpiamos caminos de sangre en las baldosas claras. Lloro y lloro ríos, pero la sangre me gana. Lacónica pruebo ese mismo sabor en mis encías, rozándolas ansiosa con la punta de mi lengua. Mientras, ya los dientes se pudren y el hueso corroído es el preámbulo de un espantoso tumor interno que va creciendo, parásito maldito e imparable, obstruyendo una respiración de hoja caduca. La carne que fue bermellón y albergaba aliento y saliva que latían con vida se baña en un carmín mortífero. Me desgarra esa cascada granate; se ahoga, se ahoga tragando su propia sangre y yo no hago más que imaginar el mismo sabor carmesí rodeándome los dientes y apretándome la garganta. El nudo no se va, las miradas de soslayo discutiendo el plan de actuación, no hay solución. Esos pobres ojos caen ante la dolencia de una lesión ya incurable, ya inevitable. En el reloj de arena ya se agotan los granos que van cayendo y que ya pronto serán ceniza que pesará en la urna de mi corazón casi baldío. Tierra decadente regada por la lluvia de mis lágrimas. Abandonada. Inundada por la pérdida. Rebosada por la muerte.
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