Podríamos ser héroes, quizás sólo durante un día. Haga falta o no pintarte un rayo en la cara, que Patrick Swayze te levante por los aires, sin necesidad de un descapotable y cantar con el pelo ondeando al viento. Sin dejarnos los pulmones gritando desde la azotea de un rascacielos o la cima de un precipicio... O sí, subiendo hasta arriba, arriba del todo, tan alto como sea posible. Elevándonos hasta las nubes, habitando en el viento... Sí, ahí está la respuesta: en el apogeo de nuestro ser. No se envían mensajes por botellas, ni se escriben en billetes, ni mucho menos en libros ajenos. No: hay que romperse la voz, acabar con las fuerzas de la cavidad respiratoria, de la garganta, del cuerpo. Colgarnos de un letrero en la carretera y escribirlo en grande, en letras enormes y rojas, en mayúsculas. Manchar paredes impolutas, casi prístinas, porque a veces sólo se escucha algo cuando es una molestia. Interrumpir vidas para imponer la nuestra. Porque a veces tiene que funcionar así, porque si no, nunca lo hará. El aceite para engrasar nuestra vida, y para hacer que las tuercas sigan ajustadas, son las agallas. Sin valor, sin orgullo, sin gallardía y disidencia... La vida no es vida, o no vale la pena vivirla. "Hay que echarle narices", dicen. Renacer, día a día renacer. ¿Cómo se hace? Haciéndolo, porque no hay otra manera, ni otra respuesta. ¿Con qué fuerza? Con la que tienes dentro. Básicamente, creyendo en que puedes hacer algo que ni siquiera sabes que eres capaz de hacer. Fe, lo llaman algunos.

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