A veces tengo un sentimiento muy extraño que no sé muy bien cómo describir. Por ejemplo, el otro día tenía un plato de sopa caliente en las manos y de repente lo único que quería hacer con él era tirarlo al suelo, dejar que esa sopa hirviendo se resbalara por mis piernas y pies, goteando a las baldosas del suelo. A pesar de saber el desastre que eso sería, sentí un irrevocable y ardiente deseo de dejar que se deslizara por mis dedos. Fue una sensación tan tentadora y efímera que casi no puedo contenerme. Podía ver las resquebrajadas piezas en el suelo, extendidas terriblemente en mi imaginación. Podía verlo perfectamente: esa pequeña e insignificante catástrofe, atrayéndome, excitándome hasta límites insospechados. La seductora, trastornada e insensata belleza de ello, las diminutas conmociones de una insignificante adrenalina corriendo a lo largo de mi cuerpo: mis huesos rompiéndose, mis músculos estirándose, mis venas retorciéndose y derritiéndose. Esa es la cuestión del deseo, calcinador en lo más remoto de la mente. Es curiosa la manera en que te atrapa y te levanta por los aires.
Esto habrá ocurrido en un segundo, en el sencillo espacio temporal de un segundo. ¿No es el tiempo simplemente... relativo? Es sólo que no puedo acabar de entender todo esto, el concepto del tiempo, del deseo, de toda la idea de vivir. Supongo que para eso estamos vivos. Al final, claro, no estrellé el plato de sopa contra el suelo, pero sí me he dejado llevar alguna vez por otros impulsos. ¿No es eso lo que mantiene a nuestras vidas bombeando?
Supongo que sólo podemos suponer.

