martes, 29 de octubre de 2013

Número 10, número 10, número 10, número 10, número 10, número 10, número 10, número 10, número 10, número 10.

A veces tengo un sentimiento muy extraño que no sé muy bien cómo describir. Por ejemplo, el otro día tenía un plato de sopa caliente en las manos y de repente lo único que quería hacer con él era tirarlo al suelo, dejar que esa sopa hirviendo se resbalara por mis piernas y pies, goteando a las baldosas del suelo. A pesar de saber el desastre que eso sería, sentí un irrevocable y ardiente deseo de dejar que se deslizara por mis dedos. Fue una sensación tan tentadora y efímera que casi no puedo contenerme. Podía ver las resquebrajadas piezas en el suelo, extendidas terriblemente en mi imaginación. Podía verlo perfectamente: esa pequeña e insignificante catástrofe, atrayéndome, excitándome hasta límites insospechados. La seductora, trastornada e insensata belleza de ello, las diminutas conmociones de una insignificante adrenalina corriendo a lo largo de mi cuerpo: mis huesos rompiéndose, mis músculos estirándose, mis venas retorciéndose y derritiéndose. Esa es la cuestión del deseo, calcinador en lo más remoto de la mente. Es curiosa la manera en que te atrapa y te levanta por los aires.

Esto habrá ocurrido en un segundo, en el sencillo espacio temporal de un segundo. ¿No es el tiempo simplemente... relativo? Es sólo que no puedo acabar de entender todo esto, el concepto del tiempo, del deseo, de toda la idea de vivir. Supongo que para eso estamos vivos. Al final, claro, no estrellé el plato de sopa contra el suelo, pero sí me he dejado llevar alguna vez por otros impulsos. ¿No es eso lo que mantiene a nuestras vidas bombeando?

Supongo que sólo podemos suponer.




martes, 8 de octubre de 2013

lunes, 7 de octubre de 2013




Quisiera reventarte bajo mis pies, quisiera volarte la tapa de los sesos, bañarme con tu sangre, beberme tus excesos... No dejaré que nadie te salve del infierno. 
Tus noches únicas van de la mano de mis noches turbias. No hay dignidad en tu forma de mirarme... Quisiera poder ponerte encima de la mesa, quitarte el uniforme, abrirte bien las piernas... las cartas boca arriba, mis manos en tu lengua.


Digamos que más o menos una vez al mes me dan ganas de arrancarme la piel, de desollarme, porque no me aguanto. A veces más, a veces menos, pero siempre acaba ocurriendo. Comienzo a estar exhausta y de repente me duelen todas las articulaciones y siento que los huesos se me quieren romper y viene ese deseo de quitarme a tiras con dientes y uñas la piel, poco a poco pero salvajemente. Siento que mis músculos buscan desgarrarse y que me atraganto con mi propia garganta. Y la única solución es dormir, dormir, dormir y dormir. O correr, intentar respirar, estirarme hasta el infinito. Intentar estallar en mil pedacitos que se quedarían desperdigados por todas partes, pero en paz. Finalmente, sin darme cuenta si quiera, todo se desvanece y vuelve a la normalidad.





martes, 1 de octubre de 2013

En mitad de toda la gente y el bullicio mañanero me di cuenta de que quería estar sola. No quería a la marea de personas a mi alrededor, no quería nadie con quien hablar, no quería que hubiese nadie, absolutamente nadie. También quería echarme a llorar, ya que toda esa gente no iba a desaparecer.
De pequeña no me gustaba nada el aguacate. Recuerdo que mi madre insistía en meterlo en las ensaladas y en casi cualquier comida... Y no sólo mi madre, estaba presente el aguacate en varias comidas familiares. No entendía la función del aguacate en la comida. Me comía un trozo de aguacate y tenía casi más vacío que comida en la boca. Era algo que no podía comprender. Me resultaba muy desagradable, como una palabra que se queda corta, que te deja mal sabor de boca. No sé, todo lo contrario -ya que estamos con las palabras -a aquellas que te llenan, que se chocan contra el paladar y se enredan con la lengua e inundan todo, todo, absolutamente todo.
Si hay algo de lo que estoy segura, es de que la mayoría de los niños han intentado leer el diccionario. A mí me parecía apasionante. No sé con qué fin, pero leía muy rápido, como si algo se me fuese a quedar. Yo aún así lo intentaba.
Desde pequeña siempre he sido de muchos excesos y pocos términos medios. Me ocurre que a veces cojo algo y no lo suelto. Puede resultar obsesivo y enfermizo, para qué negarlo. Lo encuentro absolutamente terrible. Quizás por eso ahora me encanta el aguacate y antes lo odiaba. Tal vez por el mismo motivo quería estar completamente sola y, ante la imposibilidad, me dejé inundar por mí misma y la marabunda de gente.Será también una de las posibles razones por las que casi quería comerme el diccionario pero luego, al ver el fracaso, lo abandoné por completo.
Lo bueno es que me he dado cuenta de algo: "hacer siempre lo incorrecto es una forma de acertar"... hasta que aciertas.