Quisiera reventarte bajo mis pies, quisiera volarte la tapa de los sesos, bañarme con tu sangre, beberme tus excesos... No dejaré que nadie te salve del infierno.
Tus noches únicas van de la mano de mis noches turbias. No hay dignidad en tu forma de mirarme... Quisiera poder ponerte encima de la mesa, quitarte el uniforme, abrirte bien las piernas... las cartas boca arriba, mis manos en tu lengua.
Digamos que más o menos una vez al mes me dan ganas de arrancarme la piel, de desollarme, porque no me aguanto. A veces más, a veces menos, pero siempre acaba ocurriendo. Comienzo a estar exhausta y de repente me duelen todas las articulaciones y siento que los huesos se me quieren romper y viene ese deseo de quitarme a tiras con dientes y uñas la piel, poco a poco pero salvajemente. Siento que mis músculos buscan desgarrarse y que me atraganto con mi propia garganta. Y la única solución es dormir, dormir, dormir y dormir. O correr, intentar respirar, estirarme hasta el infinito. Intentar estallar en mil pedacitos que se quedarían desperdigados por todas partes, pero en paz. Finalmente, sin darme cuenta si quiera, todo se desvanece y vuelve a la normalidad.

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