martes, 1 de octubre de 2013

En mitad de toda la gente y el bullicio mañanero me di cuenta de que quería estar sola. No quería a la marea de personas a mi alrededor, no quería nadie con quien hablar, no quería que hubiese nadie, absolutamente nadie. También quería echarme a llorar, ya que toda esa gente no iba a desaparecer.
De pequeña no me gustaba nada el aguacate. Recuerdo que mi madre insistía en meterlo en las ensaladas y en casi cualquier comida... Y no sólo mi madre, estaba presente el aguacate en varias comidas familiares. No entendía la función del aguacate en la comida. Me comía un trozo de aguacate y tenía casi más vacío que comida en la boca. Era algo que no podía comprender. Me resultaba muy desagradable, como una palabra que se queda corta, que te deja mal sabor de boca. No sé, todo lo contrario -ya que estamos con las palabras -a aquellas que te llenan, que se chocan contra el paladar y se enredan con la lengua e inundan todo, todo, absolutamente todo.
Si hay algo de lo que estoy segura, es de que la mayoría de los niños han intentado leer el diccionario. A mí me parecía apasionante. No sé con qué fin, pero leía muy rápido, como si algo se me fuese a quedar. Yo aún así lo intentaba.
Desde pequeña siempre he sido de muchos excesos y pocos términos medios. Me ocurre que a veces cojo algo y no lo suelto. Puede resultar obsesivo y enfermizo, para qué negarlo. Lo encuentro absolutamente terrible. Quizás por eso ahora me encanta el aguacate y antes lo odiaba. Tal vez por el mismo motivo quería estar completamente sola y, ante la imposibilidad, me dejé inundar por mí misma y la marabunda de gente.Será también una de las posibles razones por las que casi quería comerme el diccionario pero luego, al ver el fracaso, lo abandoné por completo.
Lo bueno es que me he dado cuenta de algo: "hacer siempre lo incorrecto es una forma de acertar"... hasta que aciertas.



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