lunes, 22 de junio de 2015

Al borde del precipicio, ingrávida


you, oh you descend on me
and you, what could compare to thee
a trick of the light
a fingerprint turning round the time

Me dejo caer. No soy nada. Ni siquiera me quedan palabras que recolectar para explicar este no-estado, o pseudo-estado, o cuasi-estado. Completamente intrascendente, flotando, ingrávida. "No mires hacia abajo", me repito con la respiración entrecortada, agitada, asfixiada por la levedad. Es entonces cuando me permito apreciar la refrescante liviandad en mi pecho, de donde se ha levantado el peso insoportable, es totalmente imperceptible; me permito flotar con sutileza. Mis brazos y mis piernas olvidan la gravedad, el desasosiego de la carga. Mi corazón ya no late. Quizás estoy más cerca del éter, o de la nada. Recuerdo: "todo fluye, hay que fluir", y fluyo. Me dejo levitar. Es en la consciencia y aceptación de lo fútil de mi estado donde me dejo ir. No hay dolor, nada pesa, nada importa. Lo único mínimamente tangente es la adrenalina. En ese instante decido mirar hacia abajo, cayendo por el precipicio, ingrávida. Logro ver un lago de agua azul verdosa, rodeado de palmeras, y cerca de este un pozo. Concentro cada insignificante trocito de mí en las aguas claras que resplandecen bajo el sol dorado, atenuándose ahora (es media tarde, mi hora solar favorita del día). Ya nada importa. En el fondo de mi estómago y mi garganta siento: "esto es bastante parecido a enamorarse". Sí, supongo, en parte. Solamente nos falta el golpe final de la caída. Y sigo cayendo por el precipicio, ingrávida. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario