domingo, 23 de agosto de 2015

It takes an ocean not to break

No puedo creer que me haya dejado arrastrar hasta aquí otra vez. Casi veinticuatro horas, entre las primeras veinticuatro y cuarenta y ocho son las peores. Después de setenta y dos ya has perdido la percepción del tiempo, medianamente, estas estimaciones no siempre son demasiado exactas. Luego solamente recuerdas en días, en semanas. No sé qué ocurre todavía después de meses. Tengo miedo de averiguarlo. De tener que averiguarlo. Estoy aquí de nuevo. Siento que me estoy ahogando y las ganas incansables se me salen por todas partes. Otra vez, otra vez. Mi reino de paz, mi pequeño reino de paz. Casi corrupto. Casi. well, I need to gather myself and regroup 

Cuánto quisiera poder franquear mis propios muros, acabar con la defensa: arqueros listos para disparar flechas en llamas desde las torres de la muralla, derribados. Unos veinte arietes en la fortaleza de piedra. Catapultas, jinetes a caballo, espadachines, milicia. Cualquier cantidad del más grande ejército medieval, feudal, lo-que-sea. Me encantaría tomarla entre mis dedos, deshacerla como si fuera simple plastilina, y además acertar. Acertar, acertar, la eterna búsqueda, el imperativo, la norma. Hacer siempre lo incorrecto es una forma de acertar, vaya tontería. Lo correcto, lo correcto, lo correcto como dogma. ¿Qué es lo correcto? No lo sé, pero sigue haciéndolo, lo estás buscando, casi lo estás palpando. 

Estoy llena de un pavor tan intenso que me ha dejado paralizada. Otra vez, otra vez. Miedo de edificar demasiado bien esos muros, quedarme encerrada dentro. Aunque luego viene el terror porque siento que estoy construyendo a orillas del mar, la arena se va con las olas y deja todo esto en un triste bulto entre la espuma y la sal. Resulta espeluznante incluso mirarme al espejo. A veces solamente veo ruinas. Me hundo entre la vergüenza y la pena. Estoy cavando una tumba constantemente, pero ¿para quién? 

"How did you manage to walk away unscarred? I'm covered in scars."

lunes, 17 de agosto de 2015

My Favorite Faded Fan

La planta baja de la biblioteca, un avión aterrizando en la costa este... La misma canción. No vi el título completo, creí que era una broma cruel, como si el Universo me hablara directamente a mí y me señalara y se riera de mi dolor a la vista de todos. No tuvo sentido, por supuesto, mi hilo de pensamiento. Hilvano ideas tan alejadas que solamente pueden confluir en mi cabeza, la única que no se cansa de martillarse con todas estas ilusiones insulsas. La imagen que vino a mí fue la de un ventilador sucio, con la redecilla de metal que lo recubre oxidada, polvoriento en un desván: el recuerdo de todo lo que fue y ya no es. Como mirarme en un espejo. Desgastada, rota, inservible, nadie va a mandar reparar un ventilador roto. No sé, en casa cuando alguno se ha roto compramos otro nuevo y fin de la historia, el otro va al trastero si aún podría exprimirse una pizca más de vida de él o directamente a la calle, al lado de los cubos de basura mitad verdes, mitad amarillos. Así me sentí cuando comenzó esta incansable búsqueda de mi ser, mi sentido.

Algo tan estúpido como un ventilador. Noches y días y errores incansables y leo my favorite faded fan ahí en el reproductor y todo cobra y pierde sentido. El propio aire que soplaba de ese ventilador podría haber acabado con los débiles cimientos que conformaron todo lo que fue y ya no es. No tuvo que hacerlo, los días estaban contados. Las fechas de caducidad me pesan tanto como las maletas que antes llevaban y traían mi vida de un lugar para otro. No, creo que quizás más. Esas maletas multiplicadas por cincuenta y cinco, las cajas de libros que no me dejaban mis padres llevar de un país a otro, de una casa a otra, pero que yo insistía en tener conmigo siempre. Sí, algo así. Todos llevamos un equipaje a cuestas.

Es sólo tras el abandono que logré por fin mirarme al espejo con una conciencia más pura de qué estaba viendo. O quizás más bien con una dureza y firmeza más sincera, más responsable. Siento que lo hice todo mal. Ahora, al menos no todo. Creo. Alguna vez supe algo, ahora ya nada. O poco. Estoy perdida en el bosque con una brújula que no sé usar y un mapa al revés que no entiendo. Estoy encerrada en una habitación llena de ventanas sin ninguna puerta para salir. (voyarompertusventanasyvoyaentrarcomoelaire)


you could be my favorite faded fantasy
I've hung my happiness upon what it all could be

what it all could be
with
you

you could hold the secrets that save me from myself
I could love you more than love could
all
the
way
from
hell

you could be my poison
my cross
my razor blade

jueves, 13 de agosto de 2015

Las historias de los hoteles

Simone me contó una historia que se ha ido diluyendo en mi cabeza a lo largo de cada uno de mis intentos de desmenuzarla y traerla aquí, donde van a parar tantas verdades y mentiras, todos mis espejismos aquí recogidos. ¿Qué es aquí realmente? ¿Existe? Las habitaciones de aquel hotel sí, igual que la cocina en donde estábamos todos reunidos. Yo no podía parar de hablar. Mi verborrea etílica es el denominador común de las madrugadas fuera de mi cama. Tanta cháchara mía me aburre y me avergüenza a la par que me emociona: todo en la misma medida pero sin simultaneidad. Aunque también escucho. Me gusta escuchar. Y escucharme. Me cuento historias y me dejo contar. Mi parloteo absurdo no admite espectador lacónico: aquí pedimos la interacción entre emisor y receptor activa más allá de uno que habla y otro que escucha pasivo. Abajo el lector pasivo que se queda cruzado de brazos. Hablemos. Toda interrupción, aportación y cambio de turno enriquece.

Primero reconocí en mí un palabrerío grandilocuente que solamente buscaba hablarle al mundo de mi obsesión, dolor, condena con nombre propio, castigo, sentencia, etc. Me siento locuaz y mi boca se agranda y saborea cada una de las palabras que mi mente le envía con esperanzas de fabricar un buen producto. Mis palabras, envueltas en un paquetito marrón, sencillo, con un lazo rojo alrededor. Total y completamente superflua (yo). Necesitaba saciar mi hambre. Hablaba y picoteaba por aquí y por allí. Un trozo de tomate y mozarella; sé decir tres o cuatro palabras. Patatas con sabor a crema agria y cebolla; vaya, gracias, también puedo leer algunas cosas. Pan; conocí a alguien que lo estudiaba.

Tras soltar algunas pistas que tranquilizaron a esa vocecita insoportable en una esquina de mi cabeza, más inquieta por la constante estimulación recibida a lo largo del día: amor verdadero, comida, bebida, música, bailes y gente; decía: tras soltar algunas pistas que la tranquilizaron pude seguir con mi interacción. El siguiente paso, aunque esto no es un proceso lineal, se irán intercalando, es el tercer grado ansioso, curioso, insaciable. Fue ahí donde mis ojos se desviaron hacia Simone: Sergey ya había cumplido su propósito. La pareja me resultó terriblemente útil. Todos creyeron que ella también era rusa, fue una de las cosas que me explicó. Yo escuché atenta y con los ojos bien abiertos. Realmente sé que mantuve muchas más conversaciones, pero poco más recuerdo. Me dijo que trabajaba en la limpieza de un hotel. Aunque me hubiera dicho el nombre y dónde jamás podría haberme quedado con ello. Ni me sonaría. Es más, probablemente haría memoria y me acordaría de un nombre que realmente sería totalmente distinto al real y este recuerdo estaría incluso más distorsionado. Volvamos.

Hoteles. No se me ocurrió en ese momento un trabajo mejor que limpiar habitaciones de hoteles. Me fascinan los hoteles, siempre me han fascinado los hoteles. He estado en montones de hoteles. He vivido en hoteles. Los desayunos. La recepción, los botones. Habitaciones con cama doble y cama sencilla, cama doble y sofá-cama. Los jabones pequeñitos y los gorritos de baño y los champús pequeñitos y los  kits de costura. Las camas recién hechas, los caramelos o bombones o detallitos en la almohada. Los ascensores enormes.  Los números en las puertas. Las tarjetas y las llaves. No se me ocurrió un trabajo mejor que ese. Siempre iba el mismo señor a la misma hora las mismas veces por semana. No recuerdo si también llevaba siempre a la misma mujer o si cada vez era una distinta. Ya no importa. La historia de Simone se diluyó en mi memoria hasta llegar aquí (¿aquí?) tan desmenuzada que realmente ha llegado otra historia, como siempre me pasa.

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