jueves, 13 de agosto de 2015

Las historias de los hoteles

Simone me contó una historia que se ha ido diluyendo en mi cabeza a lo largo de cada uno de mis intentos de desmenuzarla y traerla aquí, donde van a parar tantas verdades y mentiras, todos mis espejismos aquí recogidos. ¿Qué es aquí realmente? ¿Existe? Las habitaciones de aquel hotel sí, igual que la cocina en donde estábamos todos reunidos. Yo no podía parar de hablar. Mi verborrea etílica es el denominador común de las madrugadas fuera de mi cama. Tanta cháchara mía me aburre y me avergüenza a la par que me emociona: todo en la misma medida pero sin simultaneidad. Aunque también escucho. Me gusta escuchar. Y escucharme. Me cuento historias y me dejo contar. Mi parloteo absurdo no admite espectador lacónico: aquí pedimos la interacción entre emisor y receptor activa más allá de uno que habla y otro que escucha pasivo. Abajo el lector pasivo que se queda cruzado de brazos. Hablemos. Toda interrupción, aportación y cambio de turno enriquece.

Primero reconocí en mí un palabrerío grandilocuente que solamente buscaba hablarle al mundo de mi obsesión, dolor, condena con nombre propio, castigo, sentencia, etc. Me siento locuaz y mi boca se agranda y saborea cada una de las palabras que mi mente le envía con esperanzas de fabricar un buen producto. Mis palabras, envueltas en un paquetito marrón, sencillo, con un lazo rojo alrededor. Total y completamente superflua (yo). Necesitaba saciar mi hambre. Hablaba y picoteaba por aquí y por allí. Un trozo de tomate y mozarella; sé decir tres o cuatro palabras. Patatas con sabor a crema agria y cebolla; vaya, gracias, también puedo leer algunas cosas. Pan; conocí a alguien que lo estudiaba.

Tras soltar algunas pistas que tranquilizaron a esa vocecita insoportable en una esquina de mi cabeza, más inquieta por la constante estimulación recibida a lo largo del día: amor verdadero, comida, bebida, música, bailes y gente; decía: tras soltar algunas pistas que la tranquilizaron pude seguir con mi interacción. El siguiente paso, aunque esto no es un proceso lineal, se irán intercalando, es el tercer grado ansioso, curioso, insaciable. Fue ahí donde mis ojos se desviaron hacia Simone: Sergey ya había cumplido su propósito. La pareja me resultó terriblemente útil. Todos creyeron que ella también era rusa, fue una de las cosas que me explicó. Yo escuché atenta y con los ojos bien abiertos. Realmente sé que mantuve muchas más conversaciones, pero poco más recuerdo. Me dijo que trabajaba en la limpieza de un hotel. Aunque me hubiera dicho el nombre y dónde jamás podría haberme quedado con ello. Ni me sonaría. Es más, probablemente haría memoria y me acordaría de un nombre que realmente sería totalmente distinto al real y este recuerdo estaría incluso más distorsionado. Volvamos.

Hoteles. No se me ocurrió en ese momento un trabajo mejor que limpiar habitaciones de hoteles. Me fascinan los hoteles, siempre me han fascinado los hoteles. He estado en montones de hoteles. He vivido en hoteles. Los desayunos. La recepción, los botones. Habitaciones con cama doble y cama sencilla, cama doble y sofá-cama. Los jabones pequeñitos y los gorritos de baño y los champús pequeñitos y los  kits de costura. Las camas recién hechas, los caramelos o bombones o detallitos en la almohada. Los ascensores enormes.  Los números en las puertas. Las tarjetas y las llaves. No se me ocurrió un trabajo mejor que ese. Siempre iba el mismo señor a la misma hora las mismas veces por semana. No recuerdo si también llevaba siempre a la misma mujer o si cada vez era una distinta. Ya no importa. La historia de Simone se diluyó en mi memoria hasta llegar aquí (¿aquí?) tan desmenuzada que realmente ha llegado otra historia, como siempre me pasa.

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