martes, 29 de abril de 2014

Sin instrucciones para llorar (sexta despedida)



Hay muchas maneras de llorar. Yo siempre fui de las que se ahogaban y se quedaban con secuelas después. 
Una de las más tristes ocurre mirando al horizonte. Entonces, comienza a formarse una lágrima tímida, hirviendo, que se va hinchando y se desborda por el lagrimal. Se queda suspendida, sin atreverse a salir. La situación comienza a ser insostenible.
 Una lágrima se desliza sin hacer ruido, sin conmocionar lo más mínimo las facciones. Se resbala del ojo y se cae, recorriendo la mejilla. Como si se tirara por un acantilado y cayera rodando. 
Un parpadeo, 
dos, 
tres. 
Muchos. 
Caen más, 
gotas suicidas y saladas. 
Agridulces.
 La mano se alza frente a la cara, 
la palma y los ojos en un corto duelo: preliminares. 
El índice se cierne y traza un surco, 
el dedo corazón también toca suavemente un rastro de ojeras, 
el comienzo de las mejillas. 
El anular apenas se acerca ya. 
La mano ha pasado, difuminando el rastro de humedad. La nariz se arruga.
 Solemos mirar arriba. No sé por qué. Es todo tristísimo. 
De esas escenas que te rompen por dentro.
 Las lágrimas no tienen el impulso del llanto convulso para salir, 
no necesitan sollozos ni muecas ni alarido alguno. Nada. 
Solamente un poco de aflicción, de pesadumbre, 
desconsuelo, nostalgia, 
quebranto, desdicha. 
Melancolía. 
Despedidas. 


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