En el juego del misterio hay dos sujetos: el deseante y el deseado. Poetizando. El portador y el perseguidor. El anhelo se escurre despacio entre los dedos del anhelante, paciente y ardiente. Pero, ¿cuál es el objeto de deseo exactamente: el misterio, el portador o el conjunto?
Quizás es el afán por iluminar la penumbra.
Comienza el baile.
Misterio danza y Perseguidor lo sigue. Se tambalea como una peonza, brillante como una canica nueva. Perseguidor y Misterio tropiezan, bailan juntos, ninguno se quita la máscara. Nadie conoce las intenciones de nadie. ¿No es acaso el deseo una simple pretensión egoísta? ¿Inseguridad? ¿Curiosidad? ¿Miedo? La búsqueda de las piezas del puzzle sin saber cuáles son, cuántas hay, cuántas faltan. El tanteo en la oscuridad, sumido en la bruma de la incertidumbre, buscando lo desconocido.
“It is like walking up the stairs to your
bedroom in the dark, and thinking there is one more stair than there is. Your
foot falls down, through the air, and there is a sickly moment of dark surprise
as you try to readjust the way you thought of things."
I live with Melancholy. My friend is vague Distress. I wake up every morning and say, "bonjour, Tristesse". Tenía varios caminos, varias opciones. En aquel momento contaba con hasta cuatro caminos (aunque uno no entendía muy bien qué hacía ahí). Contaba el tercero, que casi estaba fusionado con el cuarto, aunque estaba totalmente anulado (por mí, por todos, por las circunstancias insalvables). Los escombros iban invadiendo el cuarto. Yo no llegaba a ver su relación, esa intersección inevitable: en realidad acabaron siendo uno, lo supe tras aventurarme en la oscura gruta del cuarto (ya que fue el elegido). The street I walk is Sadness. My house has no address. El primer camino era una niebla que se me antojaba azul lapislázuli, como nubes suaves que me llevaban al lugar en que debía estar. El lugar donde debía estar, aquel paraje desconocido que solamente atisbaba a lo lejos con mi niebla azul. Mi niebla. Me apropié de ella sin querer. The letters that I write me begin: "bonjour, Tristesse". El camino más fácil, el segundo, se convirtió en la amargura más latente y palpable y terrible nunca antes vista. Cada paso que daba me alejaba de mi paz azul Sèvres. Quizás por eso el segundo fue tan... agridulce. Aunque cada vez más agrio que dulce. Hasta que fue agrio del todo. Ácido que me hizo un agujero por dentro tan inaguantable que decidí salir corriendo. Pero eso es otra historia. The loss of a lover is pain, sharp and bitter to recall. Vaya. I lost no casual lover, I have no pain from which to recover. Yo creía que no era necesario un mapa. Ni aprender a usar la brújula. I've lost... me... that is all. Tantas opciones y tan pocas correctas. Ninguna adecuada. Todas llevaron a la perdición. A mi perdición. A la pérdida de MÍ ("MÍ" como concepto de mi ser, mi yo, mi mismidad). My smile is void of laughter. Fue imprescindible romperme para rehacerme. ("I'M DISMANTLING WHO I WAS AND MOVING IT BRICK BY BRICK") Me rompí yo y me rompió todo. My kiss has no caress. Me dejé engullir por el vacío. I'm faithful to my lover, my bittersweet Tristesse. Se fue con pasos decididos. Firmes. Estables. Lo dejé ir porque esa despedida estaba empapada en un gran y enorme "hasta luego".
And after the races he'll take me to dinner and dancing again. And on Thursday to the tennis matches. And on Sunday to the country. What a waste of time, dear Jacques. What a hopeless waste of time. He's attractive, and he's nice, and I'd like to warn him, but he wouldn't understand that I can't feel anything he might be interested in, because I'm surrounded by a wall. An invisible wall made of memories I can't lose.
Es más difícil de lo que parece construir una jaula que se pueda abrir. A veces se te olvida la puerta en el muro. Recuerdo todavía una tarde de invierno. Yo llevaba un jersey azul y la pared de ladrillo me miraba fijamente. La puerta roja se había cerrado sin que yo me diera cuenta. Me senté a esperar en la roca sin saber qué iba a pasar. Más bien: me senté en la roca a ver qué había pasado exactamente.
Esa era mi sensación general con respecto a todo siempre por aquel entonces. Se me quedaba una emoción que me daba vueltas por el estómago y se me disparaba de la punta de los pies hasta la coronilla. Tenía un sabor a metal en la boca, a desazón, a sentimiento insatisfecho. Todo en esa época se me quedaba a medias (razón por la cual mi filosofía de vida ha cambiado tan radicalmente). Todo me sabía a poco, a descontento, a incompleto. Mi sala de espera. Tres paredes blancas y un enorme ventanal de cristal. Antes no me había percatado del vidrio porque para mí se doblaba en espejo y reflejaba una más de aquellas paredes que me tenían enjaulada, incapaz de cruzar mi puerta, sin poder llegar al rellano (rellano desacertado casi en su totalidad, tenía demasiadas esperanzas puestas en las cosas equivocadas sin saber que aguas mejores irrumpirían en mi vida y se llevarían, cristalinas, la negruzca bruma que me ahogaba por dentro).
Regresemos a mi pared de cristal. Se presentaba ante mí la presumida imagen de todo lo que mi vida podía ser, todo lo que yo podía ser, pero no ocurría (no era el momento, no eran las maneras). La cuestión es que no lograba ver que esa imagen futura de mí misma no se encontraba a través de la puerta, a través del cristal, sino atravesando mis entrañas, ahí dentro, siempre había estado ahí pero yo lo había olvidado. Mi ser en potencia pasaba desapercibido bajo mi piel y mi mirada cabizbaja. Que no son las circunstancias tanto como yo, pero las circunstancias me han hecho darme cuenta de lo que tenía y podía tener (porque ya lo tenía, de algún modo).
Me senté en la roca a esperar porque siempre me limitaba a esperar. Me quedé mirando la puerta roja simplemente por hacer algo. Por costumbre. La insaciable costumbre del que se queda a esperar. Ese sería el nombre de la instantánea, de aquel momento congelado en el tiempo. Saqué una libreta que hábilmente llevaba en el momento y me puse a describir la pared roja, el muro de ladrillo. Y después me fui. Ya era hora. El problema es que un trocito de mí se quedó estancado y no deja de conjugar el pasado en presente, o no deja de conjugarse en pretérito (no está del todo claro). El fantasma de los horrores pasados se quedó ahí sentado y su única finalidad es recordarme que se quedó ahí sentado. El problema está en darse cuenta. A lo mejor jamás me bajé de aquel autobús. Mi autobús. Y va siendo hora de coger otro, muchos más. Ir mirando hacia atrás por la ventana mientras avanzamos no hace bien a ninguno de los pasajeros. El bus está a punto de volcarse (de estrellarse con nosotros dentro), la roca se disuelve, los ladrillos del muro se mueven, la puerta roja se desfigura. Ya no hace frío, y si vuelve a hacer frío, nada será como aquel invierno. Va siendo hora de enterrar bajo cemento aquellos tormentosos y turbulentos días de nubes cargadas de agua helada y rayos y truenos y la niebla abominable y la oscuridad inescrutable.
Va siendo hora.
Palacio de Cristal https://www.flickr.com/photos/lyingonyourside/14132360558/