Me das vértigo. Me das vértigo como las escaleras de la catedral, como las atracciones del parque. Me das vértigo como la canción de U2, aunque la he vuelto a escuchar y no encaja mucho aquí, no tiene mucho sentido, exactamente como esto. Como tú o como yo. Y quién eres tú y qué es este vértigo. Ese vértigo como cuando miras desde la azotea, como cuando vives en el piso dieciséis. Vértigo desde lo alto. Lo he buscado en el diccionario, a ver si así lo entiendo: yo, disidente de la lexicografía, me he documentado. Qué inseguridad, ¡qué pavor! Me caigo, no te caes, me caigo. Qué terror a las alturas, qué desazón de querer caerme por un barranco. Me tiro por la ventana, me caigo al vacío; al final están tus ojos y ahí nado hasta que me hundo y me ahogo y me asfixian estas ansias. Ansiedad, ansiedad, vértigo de lanzarme de lleno en la ansiedad. Las profundidades del fondo desierto de este vacío horroroso me llaman como un imán. Vértigo, vértigo como la película de Hitchcock. Tengo vértigo, me das vértigo-de-montaña-rusa, mucho vértigo.
domingo, 29 de noviembre de 2015
martes, 24 de noviembre de 2015
"And meanwhile in my head I'm undergoing open-heart surgery"
Dentro de Valeria son las 4am y no puede conciliar el sueño, ha dejado pasar las últimas cuatro horas entre frustraciones; yo la estoy observando desde fuera, cómo gira y cómo se estremece y quiere gemir de dolor pero a estas horas no hay ruido, y ahora tampoco hay sueño (ni sueños). En el bucle de la desesperación respira tranquila, aparenta respirar tranquila. Valeria está pintando ilusiones estúpidas para intentar llamar a Morfeo y sumergirse en algún paraíso imposible. Morfeo, qué trillado. Qué previsible, qué aburrida. Me aburres porque no te duermes y mañana estarás lloriqueando por ahí, duérmete, por qué no eres capaz de dormirte, que te duermas ya. Me desesperas, me sacas de quicio. Vuélate ya la tapa de los sesos, acaba con esto, acaba con esas malditas expectativas también: déjate ya de tanta película y tanto rollo. Me aburres. Pareces un tren averiado, me sacas de mis casillas con tanta vuelta. Deja de imaginarte que... Que pares. Para. Duérmete. Para.
Son las 4am y no puedo dormir y me imagino paraísos imposibles en los que sumergirme, me cuento a mí misma la historia que deseo, en este momento la deseo: casi es una ampliación de la escena del crimen, los crímenes, pecado capital tras pecado capital. Qué bobada. ¿Me acordaré mañana de esto que me narro pero quiero narrarte a ti y me callo porque no tengo a quién ir a decir...? Decir, decir, decir qué. La última vez que intenté decir nada acabé de nuevo nadando en el fango, en este asqueroso pantano en que yo misma me he metido y ahora son las 4am y tenía que ser el insomnio. Quiero dormir. No hay suerte. Vuelva usted mañana. Vaya. Y sigo. Escribí y escribí y escribí (me encanta el polisíndeton, ¿y por qué me acuerdo yo ahora de eso? Ah, claro, sí, las acotaciones de esa escena que me narro pero quiero narrarte para que la narremos mudos en movimientos ciegos, ajá, sí).
No, finalmente no me acordé. Vaya. Qué decepción, otra desilusión.
No, finalmente no me acordé. Vaya. Qué decepción, otra desilusión.
El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarrillo. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. A las tres de la madrugada se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Que enseguida tome una taza de tila y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al medico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre esta muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.
En el insomnio, Virgilio Piñera
martes, 10 de noviembre de 2015
Ven a mi lado y comprueba el tejido
Tus ojos son un prisma que deflecta mi mirada en haces de luz inciertos. Mi reflejo recae con estos rayos sobre la pared blanca que entonces toqué y sentí fría y distante. Yacen en el recuerdo y se cuelan por la ventana a través de las cortinas, de las persianas. Pongo la canción. Mi reflejo se convierte en sombra y se parte en dos, en tres, en siete. Prisma cristalino que no envía ninguna señal de vida a ninguna parte, pero yo recojo cada una de ellas e intento descifrarlas; alienígenas colándose en mi desorden, ensombreciéndome y alumbrándome -estoy ardiendo. Intento hilvanar cada pista inerte, inocua e ilusoria. Me persiguen monstruos mientras doy caza a quimeras. Ven, ven a comprobar el tejido: esta soga que me atas al cuello... yo te la doy, te la estoy dando. Átala, átala bien, átala bien fuerte. Rózala con tus dedos, de nuevo en la escena del crimen, retuérceme. Pero no lo haces. Porque no lo sabes. No sabes nada. Y sigues, y sigues, y sigues mientras no haces nada. Y yo recojo, y recojo, y recojo tu nada y ciega miro tus resquicios y sorda te escucho donde no hablas. Tus palabras mudas se me enredan en las pestañas y mis ojos se cierran en la oscuridad de aquellas cuatro paredes. Y una ventana. Se repite la canción. No quiero nada y no quiero nada y no quiero nada y dentro de esa nada quiero algo pero no quiero nada y no quiero nada y no quiero nada pero ojalá hubiera algo. Mi camino se está entretejiendo entre escombros y la niebla se está volviendo espesa. Más espesa. Las horas se caen del reloj, las fechas se caen del calendario: ese montón de números se amontona en una pila maldita de fallos y aciertos y tiran de mis párpados y de nuevo me encuentro sumida en un sueño denso de un delirio incierto. Me sumerjo en aguas verdosas, intranquilas, con un oleaje salvaje donde la bestia nada y va acechándome. Me va arrinconando hasta que pone mi espalda contra las rocas de la orilla, al borde del acantilado desde el cual he caído y he llegado aquí. De repente un recuerdo y la montaña rusa está en su punto álgido y desde su culmen mis tripas se precipitan al vacío. Ata la soga a mi cuello, quizás así no me caiga. Deambulando en las nubes, doy un paso y cae la lluvia. Me convierto en pequeñas gotas de nada, de nada, de nada: me deshago en la nada, en la nada, en la nada. Otra vez la canción, la canción como prorroga.
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