martes, 10 de noviembre de 2015

Ven a mi lado y comprueba el tejido

Tus ojos son un prisma que deflecta mi mirada en haces de luz inciertos. Mi reflejo recae con estos rayos sobre la pared blanca que entonces toqué y sentí fría y distante. Yacen en el recuerdo y se cuelan por la ventana a través de las cortinas, de las persianas. Pongo la canción. Mi reflejo se convierte en sombra y se parte en dos, en tres, en siete. Prisma cristalino que no envía ninguna señal de vida a ninguna parte, pero yo recojo cada una de ellas e intento descifrarlas; alienígenas colándose en mi desorden, ensombreciéndome y alumbrándome -estoy ardiendo. Intento hilvanar cada pista inerte, inocua e ilusoria. Me persiguen monstruos mientras doy caza a quimeras. Ven, ven a comprobar el tejido: esta soga que me atas al cuello... yo te la doy, te la estoy dando. Átala, átala bien, átala bien fuerte. Rózala con tus dedos, de nuevo en la escena del crimen, retuérceme. Pero no lo haces. Porque no lo sabes. No sabes nada. Y sigues, y sigues, y sigues mientras no haces nada. Y yo recojo, y recojo, y recojo tu nada y ciega miro tus resquicios y sorda te escucho donde no hablas. Tus palabras mudas se me enredan en las pestañas y mis ojos se cierran en la oscuridad de aquellas cuatro paredes. Y una ventana. Se repite la canción. No quiero nada y no quiero nada y no quiero nada y dentro de esa nada quiero algo pero no quiero nada y no quiero nada y no quiero nada pero ojalá hubiera algo. Mi camino se está entretejiendo entre escombros y la niebla se está volviendo espesa. Más espesa. Las horas se caen del reloj, las fechas se caen del calendario: ese montón de números se amontona en una pila maldita de fallos y aciertos y tiran de mis párpados y de nuevo me encuentro sumida en un sueño denso de un delirio incierto. Me sumerjo en aguas verdosas, intranquilas, con un oleaje salvaje donde la bestia nada y va acechándome. Me va arrinconando hasta que pone mi espalda contra las rocas de la orilla, al borde del acantilado desde el cual he caído y he llegado aquí. De repente un recuerdo y la montaña rusa está en su punto álgido y desde su culmen mis tripas se precipitan al vacío. Ata la soga a mi cuello, quizás así no me caiga. Deambulando en las nubes, doy un paso y cae la lluvia. Me convierto en pequeñas gotas de nada, de nada, de nada: me deshago en la nada, en la nada, en la nada. Otra vez la canción, la canción como prorroga.


No hay comentarios:

Publicar un comentario