miércoles, 16 de diciembre de 2015

Otra noche sin dormir

Me imagino sentada en la orilla de tu cama, ya que no puedo dormir qué más da dónde esté, te imagino a menos de un metro de distancia, porque ya que no estás aquí, qué más nos da que estés tan cerca. Mi incansable verborrea ha agotado tu nombre, casi que veo desdibujarse las letras, creo que vas a dejar de existir en cualquier momento. La pared está tan blanca, está siempre tan blanca y tan fría. La puerta se mantuvo cerrada y tú insondable. Mis tanteos torpes se desvanecen: estamos en mi mente, aquí puedo jugar a lo que quiera, puedo derribar la puerta y destruir la pared si quiero, aquí dentro no puedes hablar ni vas a hablar y no me tiembla la voz y te castigo con palabras y palabras y más palabras.

Mientras te imagino voy uniendo los puntos que configuran tu imagen borrosa y tenue. Un recurso en esta narrativa, no eres sino un recurso. Una excusa para que suelte mi perorata. No quiero nada más. Estoy tachando tu nombre, lo voy arañando letra por letra, desgastado de que vaya por aquí y por allí haciendo malabares con él. Es aquí cuando imagino todo aquello que te diría y que jamás te diré, jamás podré decirte. No se me quiebra la voz y no me das miedo, no me das nada de miedo. Siento que todo fluye, mi discurso es tranquilo y firme. Tengo razón, tengo razón, a veces pareciera que sólo eso me importara. Pero es mi cabeza y aquí puedo tener razón.

Finalmente, ya que yo tengo las reglas del juego, yo elijo. Aquí yo inventé las reglas, yo escribí el libro, yo tengo el poder de decisión. No me permito imaginar el final que deseo. Me limito a arañar ahora recuerdo a recuerdo todo lo acaecido hasta ahora. Todo. No existes, realmente no existes. La pared no es blanca, la puerta es invisible. No existes, no existe nada. Un producto de mi imaginación mientras me veo sentada en la orilla de tu cama. Aún estoy temblando. 

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