No he sabido juntar una palabra con otra para lograr encapsular aquellas horas, me he negado rotundamente a darles este espacio en el cual cobran importancia. Ahora siento todo tan distante y tan vivo a la vez, tras el último intercambio surgió un nuevo significado oculto. Era invisible y se materializó en aquellas horas funestas/majestuosas. Se hizo tangible el silencio de una correspondencia entredicha. Me he sentado montones veces a juntar una palabra con otra para lograr encapsular aquellas horas. Este es el intento número... ¿veinte? Digamos veinte. No tiene ningún tipo de relevancia encriptada, no es absolutamente nada, simplemente un número redondo: veinte. Veinte años, es la única relación que encuentro. Los años veinte, los felices años veinte. Podríamos haber flotado en aquella neblina de champagne y jazz. He acristalado aquellas aciagas/sublimes horas: jamás se repetirán, aunque creo que una parte de mí se quedó atrapada en algún momento de la madrugada, quizás me encuentres en los pliegues del sofá. Ojalá, a veces querría ser una florecita en un tiesto al sol y quedarme allí observando la luz jugar. Habría siempre sol y no te apagarías, no te ensombreces. No desapareces, sino que te dilatas en el tiempo (aunque no en el espacio, en el espacio no estás, he ahí la gracia de este juego-que-en-realidad-no-es-un-juego). Sin embargo, aunque ahora no tiemblo, siempre me estremezco. Palpito ausente en una espera cada vez menos angustiosa. Una espera, no sé, una dilatación en el tiempo (otra vez). Ahora la bestia duerme, descansa en una paz de nubes bajas cargadas de una lluvia leve. Tras el aguacero, espero. Fascinada, te hago y te deshago en la nube del recuerdo.
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