sábado, 12 de abril de 2014

Inconexo (I)

And I. I too. 
Quite collected at cocktail parties, 
meanwhile in my head 
I'm undergoing open-heart surgery. 
The heart, poor fellow, 
pounding on his little tin drum 
with a faint death beat, 
The heart, that eyeless beetle, 
running panicked through his maze, 
never stopping one foot after the other 
one hour after the other 
until he gags on an apple 
and it's all over. 
And I. I too again. 

Red Riding Hood (extract), Anne Sexton 


Stockholm, 2013

Las palabras se suceden casi sin pensar pero con mucho esfuerzo. Resume esto, quita ese párrafo, sangría, cita aquí... Negro, todo negro. Entonces aparecen unas líneas diagonales en la oscuridad: son blancas, forman triángulos, metamorfosean. Rojo, dos puntos rojos, dos manchas rojas de tinta, gotean en el agua cristalina. Un fluorescente, dos, tres: son blancos, se vuelve naranjas, acaban siendo rojos. El interior de los párpados guía el espectro cromático. Todo acaba en rojo. En llamas volubles y destructivas, en caos, en desastre. Una explosión a la larga catártica, difícil de procesar. 

Veo las montañas desde la ventana. Son azules. Parece que nunca me bajé de ese autobús... Pero sólo a veces, no siempre, nada nunca es siempre (o quizás sí, esos ojos sin decir nada convencen de lo contrario). La lucha constante en que mi vida busca construirse en base a sueños poco realistas tirándose abajo a sí misma. Está atardeciendo a lo lejos. 


Otro atardecer, otra ventana. Mucho verde, muchas rocas y el cielo naranja. Tan  naranja que dan ganas de bebérselo. Tumbada, sentada, mirando el sol, a la sombra, en calma. Observando a extraños. La isla azul, la confusión. La paz, el cansancio. Siguiente escena.


Hace sol, hace calor, estamos en el césped. A ver, dónde vamos. Está por la calle de aquel sitio... ¿el rosa? Sí, ese. El que tenía letras de Los Planetas en las paredes. Nunca volví. Pues también está fatal. Vamos a otro. A lo de siempre, que está bien. Luego ya veremos. Anécdotas de cuando no estás. Y qué bien, qué suerte sería poder estar en todas partes. No es así, pero tampoco importa (y es que antes sí importaba y era terrible y atroz y fatal). Qué más dará. 


Tuvo sentido hasta que dejo de tener sentido. 


Es de noche. Dormir no es una opción, aunque es lo más deseable, lo más recomendable. Nada, se me ha metido entre ceja y ceja que no quiero dormir y no me duermo. Vuelvo al rojo. La oscuridad. Tengo las uñas pintadas de rojo y las luces apagadas. Arriba brillan estrellas fluorescentes. Si miras por la ventana, corre la brisa suave y hay estrellas de verdad y una luna enorme. Sea cual sea la fase lunar, la luna es siempre la misma, lo que pasa es que estás viendo hoy una cosa, mañana otra y en una semana alguna más. Todo se reduce al final a lo mismo. 


Yo también sufro varias operaciones a corazón abierto en mi cabeza mientras tanto. 


jueves, 20 de marzo de 2014

Eres tú pero no eres tú. Veo tu cara, tus ojos, con un tinte oscuro, sombrío, tenebroso, hiriente. Irreal. ¿Irreal? ¿Segura? Irreal. Definitivamente. Sé que eres tú y sé que no eres tú. Entiende que es todo muy confuso, es complicado recordar con claridad. Aunque algunos hechos se quedan grabados a fuego. Eso también lo sabes, lo entiendes (porque lo entiendes, ¿verdad? Siempre entiendes). Corro deprisa sin moverme del sitio, estoy exhausta sin estirar un solo músculo. Si no eres tú, ¿por qué te veo? Y porque eres tú es que te veo. Entonces, como eres tú, te pregunto que para qué te vas si acabas de llegar. Pero claro, como no lo eres no hay respuesta.

Ya te estoy diciendo que no te vayas y todavía no te ha dado tiempo a pensar en irte. Me miras fijamente y me dices que no, pero yo elijo creerle a tu sombra hipnótica que yo misma dibujo, que yo misma urdo en algún plano paralelo e impensable. La sombra de tu otro yo, aquel villano dulce y seductor, me arrastra hasta el rincón de mis entrañas más tétrico. Mi pobre yo indefensa, esperando que vengas a clavar alfileres entre sus costillas. Y tu sombra más que satisfecha. Qué veneno recorre esa lengua de manera tan letal como para escupirme ese ácido nefasto en las heridas abiertas por tus garras. Eres un monstruo, Sombra, el espejo más distorsionado nunca. Le arrojó una piedra a esa superficie. Tu reflejo se parte en dos, tres, cinco, siete partes distintas. Diez. Número redondo. Los trozos son afilados, espeluznantes. Y...

Realidad. Luz. Vida. Cama. Despierto y soy yo la que se clava las uñas, quien se clava los trozos de esa Sombra afilada. El recuerdo de ti, que no eres tú, también lo clavo dentro. Se me enreda en el corazón y me calcina por dentro, asfixiándome. Me ata a las sábanas. Me he tragado un montón de cristales y ahora me pesa tanto el cuerpo que no puedo despegarme del colchón. Así no hay manera. El agua me aclara las ideas. Cojo el tren para ir a mirarte a los ojos, a ti, al de verdad. Ahí estás, en la realidad donde tu reflejo no me traiciona (no nos traiciona). Tardo un rato en salir del luto de mi lúgubre muerte somnolienta.

Aunque quizás esta noche la Sombra vuelva, envuelta en maldad, lista para jugar. O quizás estés tú al otro lado de las sábanas. 
Estoy flotando en una piscina. Muevo los brazos y las piernas tumbada en el agua cada 3-4 segundos que parecen eternos. Y lo hago sin ningún esfuerzo. Flu-yen-do. Durante este rato todo en el mundo parece encajar, parece tener sentido. Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa. Un presente fantástico, espléndido, maravilloso, brillante, estupendo. La paz del agua envolviéndome con su lento fluir, tan sólo perturbado por el movimiento de mis piernas y brazos. La efímera tranquilidad que acompaña a este tipo de momentos en calma. El sublime flotar me ensordece, me ciega y me deja sin voz. No existe nada más que el agua: es ella mi piel, el aire que respiro y la sangre que recorre mi cuerpo. Mi existir es el agua y no hay nada más vivo que ella, nada más que pueda latir más deprisa o correr más rápido. La piscina metamorfosea en aquel mar en calma que solía imaginar en las horas de desesperación. Nunca logré dejar la mente en blanco, siempre me llevaba a una playa de un mar azul turquesa y transparente cuyas olas mecían y arrastraban dulcemente la arena prístina de la orilla. Sonaba la misma melodía de paz, un pequeño refugio: mi santuario amurallado por las paredes de mi mente. Aquella fuerza que me arrullaba poco a poco, como un sueño dulce y asfixiante del cual es imposible escapar (o desear hacerlo). Estaba todo allí. Perfecto. Sólo faltaba...


miércoles, 26 de febrero de 2014

Breve historia de la mujer que fue atravesada por un árbol

"you fit into me
like a hook into an eye
a fish hook
an open eye"
You Fit Into Me  - Margaret Atwood


Esas raíces ahora secas y rotas estaban vivas y fluyendo. Te veía siempre viviendo en una constante primavera, floreciente y brillante. Hojas y flores, madera fresca y viva. Te plantaste en mí, árbol de entonces esplendor, sin que lo supiéramos ninguno de los dos. Las ahora secas raíces han dejado montones de astillas. Claro, te fuiste y nos rompimos un poco los dos. Éramos una perpendicular en comparación con la actual paralela de nuestras vidas. Es curioso, ¿no crees? Lo pienso cada vez que encuentro alguna astilla perdida. A veces son más grandes, a veces más pequeñas... Así es la vida, ¿no? Las fuertes vivencias dejan fuertes impresiones.

Siempre te encontré fuerte, mirando al horizonte bajo tu sombra protectora. Quizás amenazante. Creía que dependía de ese resguardo. En ocasiones, al derrumbarme sobre ti, sólo escuchaba un eco vacío y suponía que no alcanzaba a comprender aquello que se removía en tus entrañas. Suponía que nunca nadie podría, de ahí la volatilidad de tus ahora secas y rotas raíces. Aún guardo su rastro, arañazos cicatrizando lentamente. Dolorosamente. Encarecidamente.

Me atravesaste de manera tan atroz que casi me doblo en dos: claudiqué a tu peso y presencia -al peso de tu presencia -, tu imagen, todo tu ser. ¿Cuánto tiempo? Lo ignoro. Se contorneaban tus hojas y ramas al viento despacio. Y ya Te quedaste en mi pecho; tu tronco atravesando mi tronco, yo ensartada como un trozo de carne cualquiera en una humeante y ruidosa barbacoa. Estaba perdida y clavada en el suelo. Tus flores eran mías y mi sangre bombeando era tuya.

Creo que no fuiste consciente de nada. Sigues en tu línea. Me aventuro a decir que el terremoto que fuiste en mí para ti apenas fue un pequeño bache en la carretera, un incordio. Siempre dando importancia a lo que no debes. Diría que el proceso de descomposición fue bastante repentino. Las estaciones comenzaron a pasar deprisa. El calor del verano te abrasó mientras mi piel se tostaba. Empezabas a deslizarte. El otoño te tiñó jadeante a mi lado (casi fuera, un poco dentro) de rojo y te fue arrebatando pétalos y hojas. El invierno te secó y los resquicios de ti en mí me avisaron de tu ausencia. La sucesión de los meses estaba latente de repente. Te fuiste y tus raíces se rompieron, llovieron pequeños trocitos de ramas a mi alrededor donde yacían tus hojas muertas.

La cuestión es: ¿te fuiste, me fui o nos fuimos? Creo que ahí está la clave, en la falta de "o blanco o negro", la bonita y amplia gama de tonalidades de gris. Cómo saber quién dio el primer paso, quién dio el primer tijeretazo o disparó la primera bala. La eterna búsqueda del culpable.A lo mejor fui yo quien se comenzó a deslizar, a lo mejor eran mis entrañas las que se revolvían de manera incomprensible para ti. Tal vez quien tenga razón sea yo y no tú... Pero claro, ya estamos volviendo a los extremos. No. Tú querías salir y yo te quería fuera. Es así de sencillo, así de simple y de difícil de admitir. Las circunstancias eran adversas y teníamos una reciprocidad parasitaria letal. De todas maneras, ya casi estoy limpia de astillas y, aunque cicatrizo fatal, el proceso fluye. Siempre fluye.

martes, 4 de febrero de 2014


Una hoja color rojo fuerte solitaria atrapada entre la sequedad de las ramas, quizás sola, quizás esperando... Quizás incapaz de soltarse. Granate roído, desgastado y triste. Si se cayera, estoy segura de que lo haría como sólo una última hoja en un árbol podría hacerlo: elegante y melancólica, lenta y dulce. Como el último resquicio de esperanza que se apaga y se precipita al vacío. Como una lágrima solitaria deslizándose por una mejilla cualquiera, creando hondos e inabarcables surcos de infinita tristeza. 
Tarde o temprano el viento la habrá arrancado. 
Al venir la primavera renacerán cientos en su lugar.
(¿se perderá para siempre?)

martes, 21 de enero de 2014

El último día en la sala de espera

Todo en esa habitación te invitaba a entrar, desde el comienzo, fue siempre así. Había una pequeña fuentecilla que parecía sacada de un bosque tibetano. Tenía una diminuta cascada y corría con calma, provocando suaves sonidos del agua fluyendo despacio. Siempre había algún aroma tranquilizante y dulzón que parecía decirte: «aquí todo va a estar bien, estamos fuera del mundo». La luz era naranja, cálida, sosegada y un poco opaca. Justo al entrar te encontrabas con unas cinco o seis sillas mullidas en donde esperar. Siempre estaba sonando alguna canción de jazz lenta o cualquier melodía pacífica cuya letra poco importaba: era la magia de los instrumentos y la voz lo que era auténticamente importante. Te arrullaba, meciéndote junto al delicuescente olor, la tenue luz y esa pequeña fuentecilla. Se creaba una atmósfera tan envolvente que vivías durante unos minutos en una cápsula aislante de todo pasado y futuro: sólo existía esa habitación, estar sentada en una de las sillas sintiéndolo todo ahí dentro sin sentir nada de fuera. Un santuario, un refugio. Dónde ir si el barco zozobra. Una pequeña rehabilitación en el constante camino de recaídas. 
Y era el último día que esa paz arrolladora se apoderara de mí.

lunes, 20 de enero de 2014

Quinta despedida

American Horror Story: Murder House

Se hizo de noche y se me escapó todo entre los dedos. Tardó demasiado en volver a salir el sol. Meses. De un momento a otro sentí que lo tenía todo -lo tuve durante unos segundos -y después comencé a caer en un bucle oscuro, un laberinto en que sólo podía tropezarme y negar con la cabeza asustada. «Olvídate, que yo te juro que no te vuelvo a hacer esto.» (It's the last goodbye, I swearPero cuánto iban a pesar mis propias promesas para mí mientras estaba resbalándome por una escalera interminable, una caída imposible de sobrevivir. 

No sabía qué hacer conmigo.
Me perdí y no tenía muy claro si quería encontrarme o seguir perdida en mí misma. Un montón de páginas teñidas de rojo. Arrancadas, emborronadas, manchadas y tachadas. Unas terribles ganas de abandonar, de romperlo todo y romper con todo. Curiosamente, todo aquello que perdía era lo que me hacía mantener la compostura. (I heard all you said and I love you to death)

Me quedé sola, en el santuario, sollozando en el frío suelo, casi sin atreverme a mirar atrás. Se alejaba con pasos gigantes todo lo que creí tener y nunca tuve en realidad, no realmente. (I can't survive on a half-hearted love that will never be whole) Desaparecía, escaleras abajo, como si jamás hubiese existido. Pasaban los días y sólo podía preguntarme el porqué de absolutamente cada minúsculo movimiento pasado, presente y futuro. (I heard all you said and I took it too hard)

Seguí en la orilla viendo cómo el barco zarpaba y se alejaba del puerto, sin mí. Perdí mil trenes y algún vuelo,  todo de una vez. Perdí y perdí sin lograr ver todo lo que podía ganar y ganaría. Es así como funcionan las cosas, es todo cuestión de perspectiva, y la perspectiva se toma su tiempo. (How can I rely on my heart if I break it with my own two hands?) La aceptación es también parte del truco.