domingo, 14 de septiembre de 2014

b-l-a-n-c-o

Dos puertas abiertas enfrentadas. Sus haces de luz convergen en el pasillo. Salen de la apertura en diagonal hacia arriba. Y una de las luces se apaga. Ya está. Así de simple. ¿Quién tiene en cuenta la que se queda encendida? Qué crimen. Intento desenroscar la bombilla, para qué se va a quedar ahí sola, pero me quemo los dedos cada vez que me acerco. No logro ayudarla. Quiero sacarla de ahí y estrellarla contra el suelo. La custodio unos días: no quiero perderme el fundido, el apagón. Porque tendrá que fundirse, tendrá que apagarse. Es ese el orden de las cosas. Te enciendes y te apagas. ¿No? No sé. Quien afirme algo ahora mismo, en este segundo, miente. Porque me adueño de este segundo. ¿Por qué? Mi custodia mirando la luz me ha sacado fuera de mí. Ahora estoy cegada pero veo con claridad. La claridad del deslumbramiento. Veo figuras como si hubiera una pantalla de leche que se sostiene fina y horizontal y el movimiento la atravesara a trozos. Un brazo se mueve aquí, una pierna allá. Paseo entre realidad e ilusión a mi antojo, encuentro el equilibrio en la cuerda floja y me gusta caerme en la red sin saber que la hay. Me hago dueña auto-proclamada y falsa del tiempo y hago con él lo que quiero. Un reloj color plata se deshace entre mis dedos y recojo el material derretido y al tocarlo se convierte en plastilina que moldeo como quiero. Nadie puede detenerme puesto que yo estas manecillas, trocitos de metal incrustados en las puntas de mis dedos ahora, las manejo como me viene en gana. Juego con la masa y dejo que vuelva a derretirse y que se escurra por mi cabeza mientras se desliza por mi cuerpo. Yo soy el tiempo, pero la bombilla sigue ganándome en fuerza y resistencia y ni siquiera yo soy dueña de mí: el tiempo no controla al tiempo, el tiempo es independiente y dependiente, controlable e incontrolable. La realidad irreal que te hace ahogarte intentando comprenderla, asimilarla, cualquier cosa. Ni clavándome un reloj en el cerebro podría concebir el tiempo. Que los engranajes se instalen en toda esa masa viscosa, no hará nada, nada, nada de nada.

Esa bombilla decide no apagarse y yo me siento en el pasillo preguntándome hasta cuándo estará así. ¿Se fundirá? ¿Podré tocarla? Quiero sentirla, quiero sentirla sin que me queme la piel. Pero lo único que siento es que al intentar hacerme con el control del tiempo lo limito con mi humana cárcel de huesos y músculos y nervios. Yo limito al tiempo al intentar atraparlo. Yo impido que la luz se funda al observarla despacio.


Stockholm

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