Orienté mi cama a la ventana pero no veo el sol por la mañana. No veo siquiera las luces blancas del amanecer extraño. Nada. No veo nada. No puedo abrir los ojos y por eso no veo nada. Por más que lo intento es imposible. Y duele, además duele. Palpo mis párpados con miedo y delicadeza. ¿Qué ha ocurrido aquí? El escozor y la inflamación me resultan tan desconocidos que en cuestión de segundos entro en un pánico terrible. Casi puedo sentir el color: una fina línea roja, la piel raspada. ¿Y estos bultos? Mis atributos de luto. Me han cosido los ojos mientras dormía y solamente al despertar he logrado darme cuenta. ¿Y el dolor de la aguja? ¿Y el hilo, enredándome las pestañas? ¿Podría haber adivinado las manos, los dedos hábiles, del demonio nocturno que me maldijo y castigó sin motivo? Las travesuras del perverso. El mal arraigado. La diferencia no-tan-sutil entre el malo y el malvado. Es gradual. Requiere observación. Observación. Me han cosido los ojos mientras dormía y ni cuenta me he dado. Siento fruncir el ceño y moverse los malignos puntos de sutura. ¿Qué hacer? No profiero ni una queja, ni un lloro, ni un grito. Una exhalación leve es lo único que separa mis labios. Nada de eso parece adecuado para este terror tan fascinante. La labor es endiabladamente buena. Comienzo a pasear las puntas de mis dedos por mis párpados de nuevo. ¿Puede haber algo hermoso en esto? Me han cosido los ojos mientras dormía y las costuras parecen hasta simétricas, bonitas. No puedo verlas pero las siento bonitas. La ola de encantamiento se lleva las arenas del espanto. Estoy así, yazco así en la cama. Exaltada pero tranquila. Me han cosido los ojos mientras dormía y ya no puedo abrirlos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario