miércoles, 31 de diciembre de 2014

Prisoner on the loose, description:

Estoy rodeada de un montón de figuritas llenas de mugre. Algunas son de mármol, otras de porcelana, todas están fatal. Tienen distintas formas. Esta de aquí es un elefante y aquella de allí es un perro. Hay todo tipo de representaciones de objetos mundanos. Es su mundanidad lo que me aniquila, esa es la condena. Y pulirlas una a una. Si bien podría vivir rodeada de ellas en esta pequeña habitación demasiado abarrotada, descubro que no puedo más, o no quiero más. Comienzo a sentir la claustrofobia de este tedioso castigo interno. Froto una por una cada pequeña figura de porcelana, de mármol. Todas, una a una. Muy despacio, con mucho cuidado. Con ahínco. El empeño me deja las manos destrozadas, se me pelan los dedos y se me rompen las uñas. Demasiadas cosas que curar a la vez, pero todo el tiempo del mundo entre las costillas. Duele todo una barbaridad cuando respiro. Me palpo el costado, el pecho, los brazos, las piernas. Me faltan trozos por todas partes.

Me asomo a las heridas-abismos que no sé de dónde vienen y por qué no se van. Me cubro entera de vendajes y los cambio cada día. Me lavo las manos exhaustivamente, levanto las gasas y esparadrapos y vendas y todo. Escuece. Dicen que eso es que está curando. Dicen. Lo espero. Lo espero todo. Las heridas supuran. Las limpio. Cambio el vendaje. Así todos los días. A veces hasta más de dos veces. Hay días en calma, días que son tormentas en mitad del mar. Pero hay días. Aprendo realmente y de repente que hay días, que pasan, lo mejor de todo es que pasan. Se convierten en semanas, en meses, en años. Y es impresionante. Yo sigo cambiando los vendajes, claro. Cada vez que me asomo dentro me pregunto cómo puede ser tan profunda cada lesión. "Because it's the halves that halve you in half. I didn't know, don't know about the in-between bits; the gory bits of you, and the gory bits of me."  Y las lavo, las sano, las cuido. Salen cristales y clavos y espinas y todo-tipo-de-cosas-puntiagudas de esos barrancos de sangre. Pero salen. El alivio es espectacular, igual que el eterno fluir escarlata.

Pulo las figuras, cambio los vendajes, limpio las heridas y pasan los días. Me dejo las manos, me dejo las fuerzas, y cobro vida. Todo va bien. Todo irá mejor.


martes, 30 de diciembre de 2014

Tic-tac-BOOM

El monstruo siempre está esperando en la sombra para atacar. Se afila los dientes, sus zarpas están listas para arañar y destrozar. No conoce de límites. Solamente conoce la destrucción y la decadencia. Su corazón es como una bomba de relojería. Es un cofre lleno de rabia, resentimiento y dolor. El odio se acumula, se acumula, se acumula y tic-tac-tic-tac-tic-tac-BOOM. Explosión. Acaba con todo a su paso. Nos deja viviendo en un desierto árido cubierto únicamente por ruinas. ¿Cuántas veces no ha ocurrido ya? Hemos perdido la cuenta. Hay explosiones mayores y explosiones menores. Convive en una misma cárcel con una figura semejante pero mejor, aunque ciertamente más débil. Esa figura controla lo que puede, pero finalmente es incapaz de hacer nada. ¿Cómo puede haber dos personajes tan bien construidos en una misma cárcel-cuerpo? Uno tan capaz y otro tan incapaz. Capaz de todo lo malo e incapaz de todo lo bueno. Los dos polos opuestos, los dos extremos. La fiera mansa escucha a ratos, cuando el monstruo no le tapa las orejas y llena sus oídos y su cabeza de gruñidos y alaridos infames. Monstruo y Fiera Mansa se pasean, siempre al acecho, porque el mal impera sobre el bien. O el casi-bien. Entonces tic-tac-BOOM. Nadie puede resguardarse de la explosión. No hay manera de esconderse porque no hay dónde. No hay manera de responder. No hay manera de nada. La destrucción es masiva. Destruye el interior ajeno, el nuestro. Años han tardado en construirse fortalezas seguras, pero siempre se resquebraja al menos un trocito del muro. El Monstruo intenta agarrarse de cualquier sitio, pero obtiene el mismo resultado que si intentase asirse al aire o a nubes o al humo oscuro que desprenden sus pulmones. Todo ahí dentro es una bruma espesa y asquerosa. Lanza dagas de argumentos incomprensibles e insostenibles cuando recibe una bofetada de realidad y razón. Se asusta porque nota que su poder es falso. Los subyugados ya no se quedan comiendo la tierra contra la cual su pata hundía sus cabezas. Se alzan ante él, más o menos equivocados, pero se levantan. Tic-tac-BOOM. Nadie puede escapar de los arañazos y los mordiscos y la embestida de su furia letal. Sus gruñidos son rugidos absurdos, inadmisibles. Nada tiene sentido ahí dentro, nada. 

Una vez creo haber tenido entre mis manos uno de esos corazones-bomba. Era el guardián de engaños e inmundicia, latía y propagaba estiércol por doquier. Tic-tac-BOOM y también me estallaba en la cara. Lo quise como pude por todas las razones equivocadas y al verme tan llena de mugre y porquería me sentí tan repulsiva que tuve que dar un giro a todo. Fueron demasiadas explosiones. Quería sanarlo porque no podía sanar al Monstruo y necesitaba redimirme conmigo misma. Es ahora cuando comprendo que no es mi labor, que no fue mi labor y nunca lo será. La escoria será escoria. Y suena duro. Suena fuerte. Suena cargado de rencor. Y, ciertamente, lo está, está cargado de rencor. Un rencor y un egoísmo necesarios para cobrar fuerzas. Un rencor a sanar. Un rencor sanado en cierta medida. En cierta parte. Comprendí que el cambio comienza por mí. Coger lo negativo y convertirlo en positivo. Nunca más volví a mirar las bombas de relojería. El siguiente propósito: no limpiar en los demás la suciedad de las explosiones que he vivido. No me representan. No son nada. No soy yo. El tercero: perdonarme. 

lunes, 29 de diciembre de 2014

Reunión a orillas de lago (la toma del antes y el después)


Aquel extenso campo estaba delimitado por arbustos, al fondo había árboles más altos. En frente de mí se encontraba un enorme lago de agua tranquila y fría. El cielo estaba helado también, aunque soleado, las nubes lo convertían en un color azul grisáceo. Las montañas, a lo lejos, marrones y rocosas cerca del lago, infinitamente verdes a mis espaldas. Era todo tan verde... Entonces, llegó con aquel vestido morado de flores: tenía tres pequeños botones de adorno y sencillos volantes al final de la falda de corte recto. Llevaba el pelo más corto que yo e iba descalza. Se me agarró a la pierna sonriendo, tan pequeña y yo tan alta. Lo único que quería era correr. Por primera vez, correr de verdad. Trotaba contenta por la hierba verde, corríamos de la mano, nos reíamos, saltábamos. Ya la delicadeza de sus diminutos hombros no se rompía con nuestros problemas. Aquellos antiguos escenarios oscuros, decadentes, desagradables. Nos sentíamos bien. Estábamos bien. Solamente había comprensión. Era lo que se respiraba en la plácida atmósfera de montañas y árboles y césped y agua. Contra todo pronóstico. La cogí en brazos mientras le acariciaba las mejillas y el pelo. Tenía muchas cosas que explicar, que explicarle. Ahora sus brazos y piernas podrían descansar del peso que sus manos ya no soportaban. Las respuestas ya no tenían por qué hallarse allí. Yo me ocuparía de ahora en adelante. Todavía en mis brazos la llevé dentro del lago. No me pesaba la ropa empapada, ni sentía frío tampoco. La dejé flotar sobre el agua en calma, tranquila. Mis manos la resguardaban de hundirse y su respiración pausada y profunda la mantenía a flote. Un equipo. Todo estaba bien. Todo estaría bien.


A orillas del lago nos sentamos y lloró todas las cargas pasadas. Mi único trabajo era cuidarla del daño y dejarla volar libre. Besé su tierna mejilla y le sequé las lágrimas. Vi en sus ojos que lo entendía y que casi confiaba en mí por completo. Casi. Es por ese casi por el cual tengo que seguir luchando contra todo lo que me retiene de ser. Ser en una totalidad todavía desconocida para mí, ser en una entereza que me produce tanto miedo como curiosidad pero, por encima de todo, me da ganas y fuerzas. Ya no habrá persecuciones ni tormentos ni profundos dolores en el costado incontrolables. En la medida de lo posible. No puedo prometerle un bienestar eterno sin obstáculos, pero sí puedo afirmar que todo irá bien. Y me mira y me cree y en ese instante no necesito nada más. Tampoco necesito volver a ser ella porque ya lo soy. Esto no es una guerra, es un camino que hacemos juntas. Nos fusionamos en un todo que ahora se yergue de nuevo frente al lago y observa sus manos. Soy capaz, respiro. Y eso es un buen pensamiento. Sé dónde estoy, sé lo que quiero y, más o menos, voy averiguando muy lentamente qué hacer. Es complicado, pero he sabido reconocerla, he sabido escucharla y he sabido aceptarla y quererla. No he vagado perdida, no he huido: lo he enfrentado de lleno y me he precipitado a mi interior como he podido. Con todo el valor que he recogido. Con todo lo que tengo, que he recaudado a lo largo de casi dos décadas. Tengo todas las preguntas y las respuestas, sólo es cuestión de poder verlas. Nado en los fangos de mí, de mi interior, que laten sangrientos, heridos, maltrechos. Sano lentamente cada rincón, cada herida absimal, cada lago de culpa, cada montón de errores. Lentamente. Despacio, con cuidado, con todo el cuidado del mundo. Todo en mí pugna por rehabilitarse. 
¿Cómo rehabilitarnos, entonces, si a lo mejor no hemos recaído todavía y la rehabilitación nos encuentra ya rehabilitados? Tía, ¿no será ésa la respuesta, ahora que lo pienso? Hagamos una cosa: usted se rehabilita y yo la observo. Varios días seguidos, digamos una rehabilitación continua, usted está todo el tiempo rehabilitándose y yo la observo. O al revés, si prefiere, pero a mí me gustaría que empezara usted, porque soy modesto y buen observador. De esa manera, si yo recaigo en los intervalos de mi rehabilitación, mientras que usted no le da tiempo a la recaída y se rehabilita como en un cine continuado, al cabo de poco nuestra diferencia será enorme, usted estará tan por encima que dará gusto. Entonces yo sabré que el sistema ha funcionado y empezaré a rehabilitarme furiosamente, pondré el despertador a las tres de la mañana, suspenderé mi vida conyugal y las demás recaídas que conozco para que sólo queden las que no conozco, y a lo mejor poco a poco un día estaremos otra vez juntos, tía, y será tan hermoso decir: "Ahora nos vamos al centro y nos compramos un helado, el mío todo de frutilla y el de usted con chocolate y un bizcochito."
Julio Cortázar, Me caigo y me levanto (La vuelta al día en ochenta mundos) 



miércoles, 17 de diciembre de 2014

Nº 3: Viuda negra

Penny Dreadful
Llevaba un vestido negro precioso. Era de mangas largas y la falda llegaba un poco por encima de las rodillas. El vestido era de una tela negra sencilla, recubierta por el encaje bordado en terciopelo, con dibujos casi arabescos, entrelazados en sus miembros: por su tronco, por sus brazos, delineando sus clavículas con el cuello redondo y abierto. Era ajustado justo hasta la cintura, donde se soltaba y caía sin mayor esplendor; al fin y al cabo, era un simple vestido negro, sencillo y lúgubre. Supongo que lleva zapatos a juego, serían unos zapatos corrientes del mismo color. Estaba sentada y no paraba de llorar. Deshecha, derrotada, claudicando ante un luto impuesto por alguna fuerza externa y aniquiladora. Desconozco la fuente. El desconsuelo en su llanto era atroz. Llevaba su calvario alrededor de aquel patio abierto de ladrillos y baldosas color amarillo desvencijado, color crema grisácea. Se sentaba en alguna silla, se paseaba por las mesas, se rodeaba de gente, se iba sola. La observaba cada poco. No me atreví a preguntar a nadie de dónde provenía esa inconsolable pena. No era asunto mío, supongo. Solamente pude suponer, y supuse que algo terrible había ocurrido. Yo estaba en una línea totalmente distinta, con mi propia historia; tenía mis asuntos dispares, paralelos y distantes. Igual que fluye en realidad la vida. Y así fue y así terminó. Se desvaneció y fin. 

lunes, 8 de diciembre de 2014

Nº 2: El desconocido (XV)

The Royal Tenenbaums
Su tío acababa de morir. Estábamos en la pequeña ciudad de piedra para el entierro. O quizás vivíamos allí. Quién sabe. Recuerdo que en una de las habitaciones de la casa había un gran baúl lleno de ropa antigua de la familia. Estaba algo desvencijada y sus colores que un día seguro fueron vivos ya estaban más bien muertos. La casa tenía bastantes habitaciones y era muy gris. Pasaron varios días. Nuestras vidas allí transcurrían con toda la normalidad posible, aunque nunca llegó el entierro. La dilación era palpable en el aire. Vagábamos de casa en casa y de calle en calle. Finalmente, uno de esos días, el sueño llegó a su fin en un pequeño evento que dio la vuelta al sujeto central del delirio nocturno. Le abracé, y en ese abrazo entre sollozos me pedí perdón. Era su tío el que acababa de morir, pero era yo quien perdía la compostura. Lloré en su hombro y me perdí en su camisa. Me deshice en disculpas y reproches y alivio. En fin, me deshice. No recuerdo si me recompuse o no me recompuse, pero eso ya da igual. Todo se desvaneció y fue la única sensación que permaneció.