Aquel extenso campo estaba delimitado por arbustos, al fondo había árboles más altos. En frente de mí se encontraba un enorme lago de agua tranquila y fría. El cielo estaba helado también, aunque soleado, las nubes lo convertían en un color azul grisáceo. Las montañas, a lo lejos, marrones y rocosas cerca del lago, infinitamente verdes a mis espaldas. Era todo tan verde... Entonces, llegó con aquel vestido morado de flores: tenía tres pequeños botones de adorno y sencillos volantes al final de la falda de corte recto. Llevaba el pelo más corto que yo e iba descalza. Se me agarró a la pierna sonriendo, tan pequeña y yo tan alta. Lo único que quería era correr. Por primera vez, correr de verdad. Trotaba contenta por la hierba verde, corríamos de la mano, nos reíamos, saltábamos. Ya la delicadeza de sus diminutos hombros no se rompía con nuestros problemas. Aquellos antiguos escenarios oscuros, decadentes, desagradables. Nos sentíamos bien. Estábamos bien. Solamente había comprensión. Era lo que se respiraba en la plácida atmósfera de montañas y árboles y césped y agua. Contra todo pronóstico. La cogí en brazos mientras le acariciaba las mejillas y el pelo. Tenía muchas cosas que explicar, que explicarle. Ahora sus brazos y piernas podrían descansar del peso que sus manos ya no soportaban. Las respuestas ya no tenían por qué hallarse allí. Yo me ocuparía de ahora en adelante. Todavía en mis brazos la llevé dentro del lago. No me pesaba la ropa empapada, ni sentía frío tampoco. La dejé flotar sobre el agua en calma, tranquila. Mis manos la resguardaban de hundirse y su respiración pausada y profunda la mantenía a flote. Un equipo. Todo estaba bien. Todo estaría bien.
A orillas del lago nos sentamos y lloró todas las cargas pasadas. Mi único trabajo era cuidarla del daño y dejarla volar libre. Besé su tierna mejilla y le sequé las lágrimas. Vi en sus ojos que lo entendía y que casi confiaba en mí por completo. Casi. Es por ese casi por el cual tengo que seguir luchando contra todo lo que me retiene de ser. Ser en una totalidad todavía desconocida para mí, ser en una entereza que me produce tanto miedo como curiosidad pero, por encima de todo, me da ganas y fuerzas. Ya no habrá persecuciones ni tormentos ni profundos dolores en el costado incontrolables. En la medida de lo posible. No puedo prometerle un bienestar eterno sin obstáculos, pero sí puedo afirmar que todo irá bien. Y me mira y me cree y en ese instante no necesito nada más. Tampoco necesito volver a ser ella porque ya lo soy. Esto no es una guerra, es un camino que hacemos juntas. Nos fusionamos en un todo que ahora se yergue de nuevo frente al lago y observa sus manos. Soy capaz, respiro. Y eso es un buen pensamiento. Sé dónde estoy, sé lo que quiero y, más o menos, voy averiguando muy lentamente qué hacer. Es complicado, pero he sabido reconocerla, he sabido escucharla y he sabido aceptarla y quererla. No he vagado perdida, no he huido: lo he enfrentado de lleno y me he precipitado a mi interior como he podido. Con todo el valor que he recogido. Con todo lo que tengo, que he recaudado a lo largo de casi dos décadas. Tengo todas las preguntas y las respuestas, sólo es cuestión de poder verlas. Nado en los fangos de mí, de mi interior, que laten sangrientos, heridos, maltrechos. Sano lentamente cada rincón, cada herida absimal, cada lago de culpa, cada montón de errores. Lentamente. Despacio, con cuidado, con todo el cuidado del mundo. Todo en mí pugna por rehabilitarse.
¿Cómo rehabilitarnos, entonces, si a lo mejor no hemos recaído todavía y la rehabilitación nos encuentra ya rehabilitados? Tía, ¿no será ésa la respuesta, ahora que lo pienso? Hagamos una cosa: usted se rehabilita y yo la observo. Varios días seguidos, digamos una rehabilitación continua, usted está todo el tiempo rehabilitándose y yo la observo. O al revés, si prefiere, pero a mí me gustaría que empezara usted, porque soy modesto y buen observador. De esa manera, si yo recaigo en los intervalos de mi rehabilitación, mientras que usted no le da tiempo a la recaída y se rehabilita como en un cine continuado, al cabo de poco nuestra diferencia será enorme, usted estará tan por encima que dará gusto. Entonces yo sabré que el sistema ha funcionado y empezaré a rehabilitarme furiosamente, pondré el despertador a las tres de la mañana, suspenderé mi vida conyugal y las demás recaídas que conozco para que sólo queden las que no conozco, y a lo mejor poco a poco un día estaremos otra vez juntos, tía, y será tan hermoso decir: "Ahora nos vamos al centro y nos compramos un helado, el mío todo de frutilla y el de usted con chocolate y un bizcochito."
Julio Cortázar, Me caigo y me levanto (La vuelta al día en ochenta mundos)
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