martes, 30 de diciembre de 2014

Tic-tac-BOOM

El monstruo siempre está esperando en la sombra para atacar. Se afila los dientes, sus zarpas están listas para arañar y destrozar. No conoce de límites. Solamente conoce la destrucción y la decadencia. Su corazón es como una bomba de relojería. Es un cofre lleno de rabia, resentimiento y dolor. El odio se acumula, se acumula, se acumula y tic-tac-tic-tac-tic-tac-BOOM. Explosión. Acaba con todo a su paso. Nos deja viviendo en un desierto árido cubierto únicamente por ruinas. ¿Cuántas veces no ha ocurrido ya? Hemos perdido la cuenta. Hay explosiones mayores y explosiones menores. Convive en una misma cárcel con una figura semejante pero mejor, aunque ciertamente más débil. Esa figura controla lo que puede, pero finalmente es incapaz de hacer nada. ¿Cómo puede haber dos personajes tan bien construidos en una misma cárcel-cuerpo? Uno tan capaz y otro tan incapaz. Capaz de todo lo malo e incapaz de todo lo bueno. Los dos polos opuestos, los dos extremos. La fiera mansa escucha a ratos, cuando el monstruo no le tapa las orejas y llena sus oídos y su cabeza de gruñidos y alaridos infames. Monstruo y Fiera Mansa se pasean, siempre al acecho, porque el mal impera sobre el bien. O el casi-bien. Entonces tic-tac-BOOM. Nadie puede resguardarse de la explosión. No hay manera de esconderse porque no hay dónde. No hay manera de responder. No hay manera de nada. La destrucción es masiva. Destruye el interior ajeno, el nuestro. Años han tardado en construirse fortalezas seguras, pero siempre se resquebraja al menos un trocito del muro. El Monstruo intenta agarrarse de cualquier sitio, pero obtiene el mismo resultado que si intentase asirse al aire o a nubes o al humo oscuro que desprenden sus pulmones. Todo ahí dentro es una bruma espesa y asquerosa. Lanza dagas de argumentos incomprensibles e insostenibles cuando recibe una bofetada de realidad y razón. Se asusta porque nota que su poder es falso. Los subyugados ya no se quedan comiendo la tierra contra la cual su pata hundía sus cabezas. Se alzan ante él, más o menos equivocados, pero se levantan. Tic-tac-BOOM. Nadie puede escapar de los arañazos y los mordiscos y la embestida de su furia letal. Sus gruñidos son rugidos absurdos, inadmisibles. Nada tiene sentido ahí dentro, nada. 

Una vez creo haber tenido entre mis manos uno de esos corazones-bomba. Era el guardián de engaños e inmundicia, latía y propagaba estiércol por doquier. Tic-tac-BOOM y también me estallaba en la cara. Lo quise como pude por todas las razones equivocadas y al verme tan llena de mugre y porquería me sentí tan repulsiva que tuve que dar un giro a todo. Fueron demasiadas explosiones. Quería sanarlo porque no podía sanar al Monstruo y necesitaba redimirme conmigo misma. Es ahora cuando comprendo que no es mi labor, que no fue mi labor y nunca lo será. La escoria será escoria. Y suena duro. Suena fuerte. Suena cargado de rencor. Y, ciertamente, lo está, está cargado de rencor. Un rencor y un egoísmo necesarios para cobrar fuerzas. Un rencor a sanar. Un rencor sanado en cierta medida. En cierta parte. Comprendí que el cambio comienza por mí. Coger lo negativo y convertirlo en positivo. Nunca más volví a mirar las bombas de relojería. El siguiente propósito: no limpiar en los demás la suciedad de las explosiones que he vivido. No me representan. No son nada. No soy yo. El tercero: perdonarme. 

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