miércoles, 17 de diciembre de 2014

Nº 3: Viuda negra

Penny Dreadful
Llevaba un vestido negro precioso. Era de mangas largas y la falda llegaba un poco por encima de las rodillas. El vestido era de una tela negra sencilla, recubierta por el encaje bordado en terciopelo, con dibujos casi arabescos, entrelazados en sus miembros: por su tronco, por sus brazos, delineando sus clavículas con el cuello redondo y abierto. Era ajustado justo hasta la cintura, donde se soltaba y caía sin mayor esplendor; al fin y al cabo, era un simple vestido negro, sencillo y lúgubre. Supongo que lleva zapatos a juego, serían unos zapatos corrientes del mismo color. Estaba sentada y no paraba de llorar. Deshecha, derrotada, claudicando ante un luto impuesto por alguna fuerza externa y aniquiladora. Desconozco la fuente. El desconsuelo en su llanto era atroz. Llevaba su calvario alrededor de aquel patio abierto de ladrillos y baldosas color amarillo desvencijado, color crema grisácea. Se sentaba en alguna silla, se paseaba por las mesas, se rodeaba de gente, se iba sola. La observaba cada poco. No me atreví a preguntar a nadie de dónde provenía esa inconsolable pena. No era asunto mío, supongo. Solamente pude suponer, y supuse que algo terrible había ocurrido. Yo estaba en una línea totalmente distinta, con mi propia historia; tenía mis asuntos dispares, paralelos y distantes. Igual que fluye en realidad la vida. Y así fue y así terminó. Se desvaneció y fin. 

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