Es terrible el vértigo de leer cada palabra que yo creo delicadamente escogida. Es terrible intentar adivinar los entresijos que jamás nadie parece ver. Me perdería en la selva intentando encontrar la luz entre los árboles tupidos. Me quedaría atrapada en el laberinto. ¿Y si yo saliese y me quedase sola en el rellano? Podría bailar de neurona en neurona si las paredes y puertas fuesen de papel, si se quemasen y se hiciesen humo. Aunque fuesen humo denso. Me ahogaría y en el delirio de la asfixia vería la auténtica luz. Quizás está ahí la respuesta. Quizás no haya respuesta, o no haya pregunta. Todo flota en el aire. Apenas somos luces. Vamos titilando de noche y la calle es eterna. Etílica voy centelleando, la intensidad del brillo aumenta y creo que voy cambiando de color según vas hablando. En ese momento podrías haberme guardado en una cajita de cristal y nos habríamos metamorfoseado en prisma. No hay casi ruido, o tal vez ya no lo escucho porque todos los sonidos que no corresponden a tu voz se deflectan de mí mientras te vibran las cuerdas vocales con ideas que ya se han difuminado de los recovecos de mi mente. No es importante, ahora mismo ya no es importante. En algún momento me convertí en una ristra de lucecitas que se encendían con tus ideas y quise entrelazarme con cada palabra que ibas hilvanando. Los tonos de tus enunciaciones y yo habríamos tejido una alfombra preciosa. La conversación parecía irse formando como un collar de perlas.
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