Me preguntaba cómo sería desear de día ahora que no reptaba entre las sombras. Me quedé quieta, supongo que petrificada esperando encontrar una señal, una respuesta tras la persiana y las pestañas despegadas. Me encuentro con tu pared proyectada en mi pared proyectada en la pared. Va rebotando como un haz de luz y cuando intento alcanzarlo me siento acariciando la nada. De todos modos, no es la nada enmarañada de antes que me desdibujaba las entrañas confusa, es más bien la nada que es mía y que siempre me atrapa en sus redes. Me encuentro a mi hastío flotando extrañamente cómodo en el hermetismo calmado y aun así me maldigo cien veces por quedarme ahí quieta observando. Y más me maldigo ahora por darle forma y voz.
Quiero desdibujarlo en el aire, se metamorfosea en el humo de alguno de los cigarrillos que te fumes en la tarde. Cualquier tarde, cualquier rato cualquiera. Hasta entonces me quedo en cuarentena, catatónica por no poder ser mar para deshacerme a mí también. Me quedo estática, atrapada en el ruido del silencio innato que se te camufla en tu verborrea inerte. O quizá me equivoque, muy probablemente me equivoque.
Quiero desdibujarlo en el aire, se metamorfosea en el humo de alguno de los cigarrillos que te fumes en la tarde. Cualquier tarde, cualquier rato cualquiera. Hasta entonces me quedo en cuarentena, catatónica por no poder ser mar para deshacerme a mí también. Me quedo estática, atrapada en el ruido del silencio innato que se te camufla en tu verborrea inerte. O quizá me equivoque, muy probablemente me equivoque.
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